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Superman, el Hombre Araña, Batman y otros héroes, que el cine y los cómics nos han hecho conocer tan bien, comparten algunas de las características de los héroes griegos. Mientras que Ulises o Teseo tenían la protección de algún dios, estos héroes tienen alguna cualidad especial que los distingue de los humanos comunes: fuerza increíble, el poder de deslizarse por los aires, de colgarse de las alturas y desafiar la gravedad…; tienen, como bien saben los espectadores, sus superpoderes.

El superhéroe cinematográfico casi siempre vive aventuras episódicas: concluye una, retorna a su vida ordinaria y enfrenta otro obstáculo o peligro, diferente pero similar al que enfrentó anteriormente. A diferencia de los héroes, sus recorridos no pueden ser un símbolo de la vida del hombre.

Los superhéroes tienen experiencias que no les dejan huellas, se mantienen siempre jóvenes, iguales a sí mismos; no pueden enamorarse, o si lo hacen no llegan a concretar su amor, porque de lo contrario su vida se transformaría y no podrían seguir el recorrido idéntico de sus aventuras de historieta.

Los superhéroes son una creación estadounidense; casi todo lo que logran depende de su poderío personal, “salvan al mundo”, pero los villanos siempre reaparecen. El cine y la televisión presentan las historias de los superhéroes pero también se burlan de ellas creando anti-superhéroes como el Súper Ratón o el Chapulín Colorado.


En la Argentina, existe un gran héroe con poderes sobrenaturales: Juan Salvo viaja por la eternidad y por eso recibe un nombre singular: el Eternauta. Junto a Elena, su mujer, y Martita, su hija, en su casa de Vicente López, con sus amigos de siempre, junto a su nuevo amigo, Germán, el historietista, o con aliados de cada aventura, libra batallas contra los Ellos que han atacado al mundo. La batalla de la Rotonda de Avenida General Paz, la batalla de la Cancha de Ríver, la de Barrancas de Belgrano, la gran batalla de Plaza Italia…

 

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