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 Este fragmento de la obra de José de Zorrilla, que aquí se presenta, es el que contiene la conversación entre Don Juan Tenorio y Doña Inés, en la cual se puede oír la célebre frase “No es cierto ángel de amor….”. Evidentemente como muchos ya sabréis, de esta obra, también nace un dicho muy conocido, y es el de decir, que alguien es un “Don Juan”.

Juan Tenorio

Ello es debido a que el personaje de tan célebre obra, era capaz de encandilar a casi cualquier dama gracias a su gran palabrería, y de así, como he dicho ya anteriormente proviene el dicho de “Don Juan”.


Don Juan tenorio y Doña Inés  (El Cazador Cazado):
 
Por dondequiera que fui
 
la razón atropellé,
 
la virtud escarnecí,
 
a la justicia burlé,
 
y a las mujeres vendí.

 
Yo a las cabañas bajé,
 
yo a los palacios subí,
 
yo los claustros escalé,
 
y en todas partes dejé
 
memoria amarga de mí.


Ni reconocí sagrado,
 
ni hubo ocasión ni lugar
 
por mi audacia respetado;
 
ni en distinguir me he parado
 
al clérigo del seglar.

 
A quien quise provoqué,
 
con quien quiso me batí,
 
y nunca consideré
 
que pudo matarme a mí
 
aquel a quien yo maté.
 
 
 
DON LUIS:
 
¡Por Dios que sois hombre extraño!
 
¿Cuántos días empleáis
 
en cada mujer que amáis?

 


DON JUAN:
 
Partid los días del año
 
entre las que ahí encontráis.

 
Uno para enamorarlas,
 
otro para conseguirlas,
 
otro para abandonarlas,
 
dos para sustituirlas,
 
y un hora para olvidarlas.
 
 
 
DOÑA INÉS:
 
No sé: desde que le vi,
 
Brígida mía, y su nombre
 
me dijiste, tengo a ese hombre
 
siempre delante de mí.

 
Por doquiera me distraigo
 
con su agradable recuerdo,
 
y si un instante le pierdo,
 
en su recuerdo recaigo.

 
No sé qué fascinación
 
en mis sentidos ejerce,
 
que siempre hacia él se me tuerce
 
la mente y el corazón:
 
y aquí y en el oratorio
 
y en todas partes advierto
 
que el pensamiento divierto
 
con la imagen de Tenorio.
 
 
DON JUAN:
 
¡Cálmate, pues, vida mía!
 
Reposa aquí, y un momento
 
olvida de tu convento
 
la triste cárcel sombría.

 
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
 
que en esta apartada orilla
 
más pura la luna brilla
 
y se respira mejor?

 
Esta aura que vaga llena
 
de los sencillos olores
 
de las campesinas flores
 
que brota esa orilla amena;
 
esa agua limpia y serena
 
que atraviesa sin temor
 
la barca del pescador
 
que espera cantando al día,
 
¿no es cierto, paloma mía,
 
que están respirando amor?

 
Esa armonía que el viento
 
recoge entre esos millares
 
de floridos olivares,
 
que agita con manso aliento;
 
ese dulcísimo acento
 
con que trina el ruiseñor
 
de sus copas morador
 
llamando al cercano día,
 
¿no es verdad, gacela mía,
 
que están respirando amor?

 
Y estas palabras que están
 
filtrando insensiblemente
 
tu corazón ya pendiente
 
de los labios de don Juan,
 
y cuyas ideas van
 
inflamando en su interior
 
un fuego germinador
 
no encendido todavía,
 
¿no es verdad, estrella mía,
 
que están respirando amor?

 
Y esas dos líquidas perlas
 
que se desprenden tranquilas
 
de tus radiantes pupilas
 
convidándome a beberlas,
 
evaporarse, a no verlas,
 
de sí mismas al calor;
 
y ese encendido color
 
que en tu semblante no había,
 
¿no es verdad, hermosa mía,
 
que están respirando amor?
 
¡Oh! Sí, bellísima Inés
 
espejo y luz de mis ojos;
 
escucharme sin enojos,
 
como lo haces, amor es:
 
mira aquí a tus plantas, pues,
 
todo el altivo rigor
 
de este corazón traidor
 
que rendirse no creía,
 
adorando, vida mía,
 
la esclavitud de tu amor.
 
 
DOÑA INÉS:
 
Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,
 
que no podré resistir
 
mucho tiempo sin morir
 
tan nunca sentido afán.

 
¡Ah! Callad por compasión,
 
que oyéndoos me parece
 
que mi cerebro enloquece
 
se arde mi corazón.

 
¡Ah! Me habéis dado a beber
 
un filtro infernal, sin duda,
 
que a rendiros os ayuda
 
la virtud de la mujer.

 
Tal vez poseéis, don Juan,
 
un misterioso amuleto
 
que a vos me atrae en secreto
 
como irresistible imán.

 
Tal vez Satán puso en vos:
 
su vista fascinadora,
 
su palabra seductora,
 
y el amor que negó a Dios.

 
¡Y qué he de hacer ¡ay de mí!
 
sino caer en vuestros brazos,
 
si el corazón en pedazos
 
me vais robando de aquí?

 
No, don Juan, en poder mío
 
resistirte no está ya:
 
yo voy a ti como va
 
sorbido al mar ese río.

 
Tu presencia me enajena,
 
tus palabras me alucinan,
 
y tus ojos me fascinan,
 
y tu aliento me envenena.

 
¡Don Juan! ¡Don Juan!, yo lo imploro
 
de tu hidalga compasión:
 
o arráncame el corazón,
 
o ámame porque te adoro.

 
DON JUAN:
 
¿Alma mía! Esa palabra
 
cambia de modo mi ser,
 
que alcanzo que puede hacer
 
hasta que el Edén se me abra.

 
No es, doña Inés, Satanás
 
quien pone este amor en mí;
 
es Dios, que quiere por ti
 
ganarme para Él quizás.

 
No, el amor que hoy se atesora
 
en mi corazón mortal
 
no es un amor terrenal
 
como el que sentí hasta ahora;
 
no es esa chispa fugaz
 
que cualquier ráfaga apaga;
 
es incendio que se traga
 
cuanto ve, inmenso, voraz.

 
Desecha, pues, tu inquietud,
 
bellísima doña Inés,
 
porque me siento a tus pies
 
capaz aún de la virtud.

 
Sí, iré mi orgullo a postrar
 
ante el buen Comendador,
 
y o habrá de darme tu amor,
 
o me tendrá que matar.


 

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