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En 1907 se crea en España la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Este organismo estatal facilitó la estancia de profesores e investigadores españoles en universidades y centros de investigación extranjeros, así como la venida a España de profesores e investigadores de otros países. Fue la consecución de un deseo largamente anticipado y escasamente conseguido.


En 1907 se crea en España la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Este organismo estatal facilitó la estancia de profesores e investigadores españoles en universidades y centros de investigación extranjeros, así como la venida a España de profesores e investigadores de otros países. Fue la consecución de un deseo largamente anticipado y escasamente conseguido.
 
Al frente de los laboratorios, centros de estudios, institutos de investigación y centros docentes primarios y secundarios dependientes de la Junta estuvieron los científicos, profesores y maestros más prestigiosos de la historia de España hasta entonces, y de ellos salieron dignos herederos del trabajo realizado por aquellos.




 
Lástima que el levantamiento del general Franco, en 1936, contra el gobierno legítimo de la Segunda República diera al traste con el auge que adquirido por la ciencia y la cultura españolas. El propio Einstein, que cuando la ocasión lo requería manifestaba sus convicciones democráticas, reaccionó contra aquel levantamiento enviando un mensaje al Congreso Internacional de Escritores celebrado en España en 1937 denunciado la tibieza con que se comportaban “los países democráticos”, refiriéndose especialmente a Estados Unidos, poco diligente en el apoyo a la República Española.
 
No sin sorpresa para algunos, Ortega y Gasset, desde el voluntario exilio, escribía a propósito de este manifiesto en la revista The Nineteenth Century: “Hace unos días, Alberto Einstein se ha creído con ‘derecho’ a opinar sobre la guerra civil española y tomar posición ante ella. Ahora bien, Alberto Einstein usufructúa una ignorancia radical sobre lo que ha pasado en España ahora, hace siglo y siempre. El espíritu que le lleva a esta insolente intervención es el mismo que desde hace mucho tiempo viene causando el desprestigio universal del hombre intelectual, el cual, a su vez, hace que hoy vaya el mundo a la deriva, falto de pouvoir spirituel”. Extraña forma, sin duda, de valorar el apoyo de Einstein a la causa republicana, ganada en las urnas, a la que Ortega mismo apoyó en un principio.
 
Fruto de la internacionalidad que había empezado a adquirir la ciencia española, hubo físicos, ingenieros y matemáticos que mantuvieron buenas relaciones y contactos con sus homólogos extranjeros, entre ellos figuró Albert Einstein. La popularidad que él mismo había despertado y la curiosidad por conocer de primera mano cómo llegó a teorías tan atrevidas, así como sus opiniones sobre el futuro de las mismas, contribuyeron a que se le propusiera en 1923 una corta estancia en España, y más adelante, en 1933, a raíz del acoso nazi contra él, le ofrecieron la creación de una cátedra extraordinaria en el que hubiera podido ser el Instituto Einstein.


 
 
Visitas, gentes e instituciones:
Finalizada su estancia de casi un mes en tierras palestinas, apoyando el progreso de los asentamientos judíos, animando a continuar con los avances agrícolas e inaugurando la Universidad Hebrea de Jerusalén, siguió camino a Barcelona, donde desembarcó el 23 de febrero de 1923 y de donde salió para Madrid el 1 de marzo, donde permaneció diez días. El 12 de marzo marcha a Zaragoza, de donde partió para la frontera francesa el día 15, dando por finalizada su visita a España. Marchó por Bilbao, de donde había recibido de la Junta Vasca de Cultura una invitación para quedarse y pronunciar algunas conferencias, pero finalmente no se quedó acaso por el cansancio acumulado en tanto tiempo de viaje por el mundo. Igualmente sucedió con la invitación hecha por el Ateneo Científico de Valencia.
 
El plan desarrollado por Einstein, que vino acompañado por su esposa, fue similar en las tres ciudades: impartir una serie de conferencias – cuatros en Madrid y Barcelona – y dos en Zaragoza; visitar los lugares más emblemáticos y algún recorrido por los alrededores cuando fue posible, por ejemplo aprovecharon para visitar Toledo, que lo recuerda “como un cuento de hadas”, donde Einstein quedó gratamente sorprendido por las calles, el río, la catedral y las sinagogas. También tuvo ocasión de conocer la sierra madrileña y El Escorial.
 
Los gestores de la estancia fueron Lana Serrate, Rey Pastor, Terradas, Cabrera y Cajal que actuaron, unos, en nombre del Institut d´Estudis Catalans y, otros, en el de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, organizaron las visitas a Barcelona y Madrid. En el caso de Zaragoza, intervinieron Jerónimo Vecino y José Rius representando a la Universidad de Zaragoza.
 
 
Para aceptar la venida a España, Einstein planteó a Rey Pastor sus problemas con los idiomas:
 
“Aceptaré su invitación con la condición de que limite mis conferencias al área de la ciencia y de que me pueda valer de dibujos y fórmulas matemáticas. Dada mi total incapacidad para hablar en español y mi deficiente conocimiento del francés, sería incapaz de presentar mis conferencias si sólo tuviera que valerme de palabras. El alemán es el único idioma en el que puedo hablar inteligiblemente acerca de mi teoría. Le comunico que espero con placer verlo a usted de nuevo y conocer por mí mismo su hermoso país”.
 
Las conferencias en Zaragoza fueron sobre relatividad especial y relatividad general. En Barcelona y Madrid, además de estas dos pronunció una sobre investigaciones recientes y otra, más divulgativa, sobre consecuencias filosóficas de la relatividad. Las audiencias desbordaron las previsiones de los organizadores, al margen de que entendieran o no – que era la mayoría -de qué trataba el ilustre visitante; la prensa diaria dio cuenta puntual de todos los acontecimientos en que Einstein participó; las Academias de Ciencias de las ciudades visitadas lo honraron con distinguidos nombramientos; el rey mismo acudió a la sesión de entrega del diploma de académico corresponsal a Albert Einstein en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, donde el Ministro de Instrucción Pública, Joaquín Salvatella, cerró el acto con estas palabras:
 
“Al felicitar al profesor Einstein puedo decirle que por voluntad del Soberano y del Gobierno de España ésta está dispuesta a continuar la obra de paz que S. M. el Rey desarrolló durante la guerra y a ayudar en sus investigaciones a los sabios alemanes cuya labor está dificultada actualmente por el estado económico que atraviesa su patria”.
 
Palabras que no cayeron en saco roto como veremos a propósito de la creación en España el Instituto Einstein en 1933.
 
En el breve diario de viaje en el que Einstein recoge sus recuerdos, habla del rey como “sencillo y digno, me produjo admiración”; a propósito de los asistentes a las conferencias, escribe: “auditorio atento que seguramente no comprendió casi nada”; a Cajal lo califica como “maravilloso viejo”; se entusiasmó en el Museo del Prado con el Greco,  Velázquez, Rafael, Goya y Fra Angélico; menciona las agradables recepciones de que fue objeto, las buenas comidas, el “té con una aristocrática señorita”, la asistencia a algún salón de baile...todo, en definitiva muy cordial, aunque como apostilla final, le saliera el solitario que llevaba dentro, y escriba: “La fiesta, penosa, como de costumbre”.
 

Ecos de sociedad:
Los veinte días que Einstein estuvo en España fueron seguidos puntualmente por la prensa: El Correo Catalán, La Veu de Catalanuya, La Vanguardia, Diario de Barcelona, Las Noticias, La Publicitat, Las Provincias, en Barcelona: ABC, El Debate, El Sol, El Heraldo de Madrid, El Liberal, El Imparcial, El Noticiero Universal, en Madrid: El Heraldo de Aragón, en Zaragoza. También informaron de esta visita, ante la posibilidad de que Einstein la ampliara a otras ciudades españolas: El Noticiero Bilbaíno y La Voz Valenciana, amén de otros muchos periódicos de provincias que se hicieron eco de tan ilustre visitante.

 
Da buena cuenta de la reacción de la prensa española el embajador alemán en Madrid, en su informe al Ministerio de Asuntos Exteriores alemán:
 
“La prensa dedicó todos los días columnas enteras a sus actos y movimientos, los colaboradores científicos de los periódicos más importantes escriben largos artículos sobre la teoría de la relatividad, en los reportajes sobre las conferencias de Einstein los periodistas se esfuerzan en acercar al público profano los grandes problemas de la física ‘a los que los descubrimientos de Einstein han aportado nueva luz’ de forma generalmente comprensible; los fotógrafos de prensa sacan en mil posturas su imagen y la de los participantes en las solemnidades organizadas en su honor.
 
Los caricaturistas ensayan la reproducción de su notable cabeza, y hasta en los periódicos populares Einstein y la palabra relativo dominan la hora” La mayoría de las noticias producidas por aquella ocasión manifiestan la reverente acogida que se le dispensó a Einstein en España, hasta el punto de que Royo-Villanova, rector de la Universidad de Zaragoza, rogó a Einstein que no borrara la pizarra utilizada para su conferencia en la Facultad de Ciencias y que incluso la firmase para guardar como una reliquia “algo perenne y constante del paso de Einstein por la Universidad”.
 
La mayoría de las noticias fueron en torno a la vida, costumbre y gustos de Einstein y lo que hacía en los distintos lugares por donde anduvo; algo también sobre el contenido de las conferencias, dicho con mucha cautela porque no era fácil para “los chicos de la prensa” adentrase en el mundo físico que Einstein proponía. Hubo algún científico que aprovechó la ocasión para hacer propuesta atrevidas, como fue el caso del catedrático de historia natural Odón de Buen que en La Voz, quien haciéndose eco de las elogiosas y esperanzadoras palabras del ministro Salvatella, propuso que Einstein se quedara un año al frente de investigadores españoles para investigar sobre la relatividad general a partir del eclipse de sol próximo a producirse, el 10 de septiembre de 1923, visible en una amplia zona de Méjico.
 
 No oculta este catedrático, aprovechando la coyuntura, las dificultades de tal empresa:
“Queda una cuestión, siempre en España difícil, siempre enojosa: la del personal. Entre los hombres de ciencia no hay aquí la mejor armonía, y los intereses creados en derredor de las instituciones científicas oficiales suelen ser una rémora y, lo que es peor, son un peligro de desprestigio fuera. Es preciso que esto acabe radical, rápidamente. Mucho puede hacer el Gobierno en este delicado asunto. Pero tratándose de trabajar fuera de España, al lado de los mayores prestigios del mundo, sólo deben ir los mejor preparados, los más capaces y los más ardorosos”.



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