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Las provincias que conforman la actual Castilla-La Mancha asumieron la Dictadura del general Franco con notables dificultades, ya que sus territorios estuvieron durante tres años bajo dominio republicano y debieron de aceptar, desde comienzos de Abril de 1939, la llegada de una nueva estructura política, económica, social e ideológica.

Las provincias que conforman la actual Castilla-La Mancha asumieron la Dictadura del general Franco con notables dificultades, ya que sus territorios estuvieron durante tres años bajo dominio republicano y debieron de aceptar, desde comienzos de Abril de 1939, la llegada de una nueva estructura política, económica, social e ideológica.

La actividad represiva en las provincias castellano-manchegas fue muy intensa durante el Franquismo, particularmente en su primera época y en los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil. En la década de los 40, el terror se apoderó de casi toda la población, ya que fueron bastante frecuentes los fusilamientos y ejecuciones en masa, las humillaciones públicas, así como la creación de campos de trabajo forzados y de concentración. Se cifra en 25.000 el número de personas encarceladas por motivos políticos en estos años y en 9.500 los fusilados. A pesar de ello, se conformaron grupos de guerrilleros antifranquistas en las zonas con dificultades de acceso de la Comunidad, que perdieron relevancia posteriormente.

Con el paso del tiempo, la capacidad de control del régimen de Franco frenó las oposiciones y rebeldías, de modo que las autoridades franquistas atemperaron sus medidas y actitudes de posguerra. Aún así, existieron ciertos grupos que emprendieron reivindicaciones laborales y democráticas, ya en el Segundo Franquismo.

La situación económica de los castellano-manchegos se resintió por la cruenta Guerra Civil y las políticas económicas del Ejecutivo. En los 40 el hambre y las epidemias se apoderaron de una población dedicada a la agricultura y la ganadería principalmente. Además, la producción agrícola y la industria ligera castellano-manchega se debilitaron, porque el Estado no incentivó ni desarrolló ninguna de las dos. A este oscuro panorama hay que sumarle la extensión de un mercado negro, que sólo enriqueció a unos pocos y fue la única vía para la supervivencia de muchos castellano-manchegos.

En la década de los 50, la situación, aunque evolucionó ligeramente a mejor, y sobre todo en años posteriores, también se vio afectada por el crecimiento de la emigración hacia los enclaves industriales más cercanos (Madrid, Valencia y Barcelona) e incluso al extranjero. En estos años, los castellano-manchegos participaron intensamente del único sindicato que reconocía el régimen a través de las Hermandades de Labradores y Ganaderos


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