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La primera etapa de reinado de Alfonso XIII coincidió con los años situados entre 1902, cuando finalizó la regencia de María Cristina de Habsburgo, y 1914, cuando comenzó la Iª Guerra Mundial. En ella se sucedieron un conjunto de acontecimientos que evidenciaron las fracturas del Sistema Canovista y las posibles soluciones a su debilidad, que se manifestaron a través del movimiento del Regeneracionismo y los Proyectos del Regeneracionismo político.

La primera etapa de reinado de Alfonso XIII coincidió con los años situados entre 1902, cuando finalizó la regencia de María Cristina de Habsburgo, y 1914, cuando comenzó la Iª Guerra Mundial. En ella se sucedieron un conjunto de acontecimientos que evidenciaron las fracturas del Sistema Canovista y las posibles soluciones a su debilidad, que se manifestaron a través del movimiento del Regeneracionismo y los Proyectos del Regeneracionismo político.

Alfonso XIII era hijo de Alfonso XII, rey de España hasta 1885, y María Cristina de Habsburgo, regente entre 1885 y 1902. Había nacido en Madrid en 1886, prácticamente un año después de la muerte de su padre. Contrajo matrimonio con Victoria Eugenia de Battenberg con la que tuvo siete hijos, aunque se le atribuyen tres hijos bastardos de dos mujeres distintas.

En Mayo de 1902 Alfonso XIII fue reconocido en las Cortes como rey de España al alcanzar la mayoría de edad, finalizando entonces la difícil regencia ejercida por su madre María Cristina de Habsburgo. El nuevo rey continuó con el sistema político impuesto con la Restauración, el de Turno de Partidos: se alternaron conservadores y liberales en dos ocasiones sin tener un líder claro, destacando Maura y Canalejas, respectivamente y entre otros.

La política a la que se enfrentó el joven e inexperto Alfonso XIII adolecía de una crisis generalizada:

En política, su propia personalidad (el rey participó muy activamente en ella) le añadió el calificativo de poco neutral y excesivamente conservador. Además, había una marcada división dentro de los partidos turnistas, debido al fallecimiento de sus líderes históricos y la falta de un representante único y fuerte. Por otro lado, la manipulación electoral, algo básico en el funcionamiento del turnismo, se complicó por las intensas críticas de los regeneracionistas. También se fundaron y consolidaron nuevos partidos políticos, que calaron profundamente en la población y subieron en número de escaños en las distintas elecciones celebradas. Incluso cristalizó el nacionalismo, separatista en zonas como País Vasco y Cataluña, y unitario entre los miembros del Partido Conservador. Y fue cotidiano el desprecio hacia el Ejército después del Desastre del 98.

La sociedad compartió las tensiones de la política debido al asentamiento del Movimiento Obrero y sus ideas, y a la facilidad para llevar a cabo movilizaciones.

Y con la Iglesia se enfriaron las relaciones por la extensión de un intenso anticlericalismo. El fuerte control que ésta ejercía sobre la educación no gustaba a gran parte de la población española, que reclamaba a través de los partidos de izquierda el matrimonio civil, la reducción del número de congregaciones religiosas y la secularización de la educación.

Para solucionar los conflictos políticos y sociales surgidos, Alfonso XIII y su Ejecutivo se plantearon aplicar de nuevo el Regeneracionismo (segunda etapa de proyectos regeneracionistas). Los regeneracionistas criticaron la corrupción de los partidos del turno y el atraso económico y social de España respecto de Europa, y como soluciones propusieron: En la política: una ejecución gubernativa encaminada hacia el bien común y no en beneficio de los intereses de los oligarcas, la reorganización de la política interna y la dignificación de la vida parlamentaria. Y en la sociedad y la economía: una reforma educativa, la concesión de ayudas sociales y el desarrollo de nuevas obras públicas.

En intenciones se quedaron las propuestas regeneracionistas, que tuvieron entre sus principales creadores a Joaquín Costa, intelectual que cuestionó la pésima situación de la agricultura española.

Paralelamente a los segundos intentos de reforma regeneracionista, el Gobierno quiso revivir su pasado colonial con la ocupación del sultanato musulmán de Marruecos. La actitud imperialista de los países europeos provocó durante el siglo XIX el reparto de la mayoría de los territorios de África y Asia. En este sentido el sultanato marroquí era ambicionado por España, Francia y Alemania. En el año 1904 los dos primeros países firmaron un acuerdo para establecer un doble protectorado en dicho territorio, que reportó a España el dominio del valle del Rif. Alemania mostró su disconformidad con el acuerdo iniciando una ofensiva diplomática, que culminó con la intención de ayudar al sultanato de Marruecos a desvincularse políticamente de Francia y España. Este hecho se conoce como la Iª Crisis Marroquí. En 1906, para solventar el enfrentamiento entre Francia y España contra Alemania, se celebró la Conferencia de Algeciras en la que se sancionó oficialmente que el territorio del sultanato se establecía como protectorado franco-español, tal y como se acordó en 1904. La presencia española en este territorio estuvo caracterizada en los años posteriores por enfrentamientos con la población marroquí, como los de Melilla y el Barranco del Lobo, que produjeron numerosas bajas.

Otro problema que le surgió a Alfonso XIII fue el inicio de una crisis política en Cataluña a partir de 1905. Ese año, el partido político de la Lliga Regionalista tuvo una enorme acogida entre las clases medias y altas catalanas, llegando a ganar las elecciones municipales. Esta victoria no fue bien recibida por el Ejército, que consideraba a la Lliga Regionalista defensora del nacionalismo separatista, y además sufría la hostilidad de la prensa, que publicó varias caricaturas en las que se burlaba de éste. Poco después, trescientos militares asaltaron e incendiaron las sedes e imprentas de los periódicos críticos como medida de presión. El Gobierno, finalmente, se vio obligado a actuar a favor del Ejército publicando en 1906 la Ley de Jurisdicciones, que identificaba los delitos contra el Ejército, incluidas las injurias, como delitos contra la patria. A esta medida se opusieron radicalmente catalanes nacionalistas, republicanos y obreros, que terminaron por fundar en 1907 un nuevo partido denominado Solidaridad Catalana. Éste en poco tiempo aglutinó gran parte de los votos del electorado catalán. El problema resurgió varios años después.

Coincidiendo con el fin de los sucesos de Cataluña, en 1907 se inauguró un nuevo gobierno en España del Partido Conservador, presidido por Maura, que intentó instaurar el Regeneracionismo otra vez (tercera etapa de proyectos regeneracionistas), contemplando una serie de medidas de índole política, económica y social:

Para evitar la caída del sistema político de la Restauración y procurar disminuir los enfrentamientos entre los miembros de los partidos políticos turnistas, se acercó a la población al juego político estableciendo el voto obligatorio y conformando sistemas de elección de líderes en los partidos políticos turnistas. Por otro lado, se elaboró una nueva Ley de Administración Local, que supuso la creación de las Mancomunidades o asociaciones de las Diputaciones de cada región, antecedente de los gobiernos regionales.

Se invirtió en el sector público a través de la Ley de Protección de la Industria Nacional y el Plan de Reconstrucción Naval. Además se incentivó la agricultura.

También se fundó el Instituto Nacional de Previsión para atender las demandas sociales, origen de la actual Seguridad Social.

Junto a las nuevas medidas regeneracionistas el gobierno de Maura tuvo que resolver el comienzo de una segunda crisis en Cataluña, conocida popularmente como Semana Trágica de Barcelona.

El origen de esta revuelta, de carácter sobre todo social y no tanto político, hay que buscarlo en la composición de partidos políticos radicales (la Solidaridad Obrera, antigua Solidaridad Catalana, y el Partido Republicano Radical de Lerroux), un intenso anticlericalismo y los enfrentamientos de Melilla en 1909 entre marroquíes y españoles.

La sucesión de hechos fue la siguiente: Para apaciguar el conflicto en Melilla, el gobierno de Maura decidió enviar al Ejército, llamando a sus filas a la población de a pie de las ciudades más importantes. Lo hizo a través del Plan de Movilización de Reservistas que creó una gran controversia entre las mujeres y madres de los recién nombrados soldados. Los militares españoles se enfrentaron contra los rebeldes marroquíes en el Barranco del Lobo, muriendo aproximadamente 1200 efectivos nacionales. Esto provocó un descontento generalizado de la población, que comenzó una huelga general en Barcelona, convocada por el partido de la Solidaridad Obrera. El paro fue total y se declaró el estado de guerra mientras la huelga se extendía a otras zonas. Durante tres días se sucedieron asaltos, quema de conventos, luchas callejeras y enfrentamientos entre huelguistas y miembros de la policía y el Ejército. Murieron más de cien personas y hubo numerosos heridos y daños materiales. Luego llegaron las detenciones en masa y los juicios, en los que los procesos no fueron excesivamente transparentes.

La Semana Trágica de Barcelona propició el fin del gobierno del Partido Conservador de Maura y contribuyó a extender la crítica a la Restauración.

Tras el complicado ejercicio de los conservadores de Maura volvió al gobierno el Partido Liberal, esta vez con Canalejas, que puso en marcha un conjunto de medidas liberales: las Cortes aprobaron la Ley del Candado (prohibía durante dos años la instalación de nuevas comunidades religiosas), se suprimió el servicio militar obligatorio en tiempos de guerra, se reguló el trabajo femenino y en 1912 se aprobó la Ley de Mancomunidades. El periodo finalizó con el asesinato de Canalejas por los disparos de un radical anarquista, hecho que inauguró una época de mayores problemas políticos.

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