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A la hora de entender la singularidad de Fleming como investigador, para seguir la trayectoria profesional del genial científico es sumamente útil considerar algunos rasgos de su personalidad reseñados por sus biógrafos, ya que conocer cómo se desarrolló su niñez facilita la comprensión de la madurez del científico. Descrito como un observador agudo y desordenado, Fleming era un hombre estudioso y desconcertante al mismo tiempo, con facilidad para desbrozar cualquier problema y sumamente habilidoso en trabajos manuales.

Alexander Fleming

Practicante de deportes como el tiro y el waterpolo (lo que influyó para ser “fichado” por el equipo de Wright), tenía el carácter paciente de los hombres del campo y el espíritu de los deportistas; iba certeramente a la esencia de las cosas, analizaba las situaciones con rapidez y descubría los puntos débiles del contrincante.
 
La vida de Fleming comienza en Lochfield (Gran Bretaña), donde nace el 6 de agosto de 1881 en el seno de una humilde familia de granjeros. Hasta 1895 Fleming recibió una educación bastante rudimentaria, obtenida con dificultad, de la que sin embargo parece haber extraído el gusto por la observación detallada y el talante sencillo que luego habrían de caracterizarle. Con 14 años, al comprender que su lugar de origen ofrecía pocas oportunidades de carrera, se trasladó a Londres; allí, dos cursos realizados en el Instituto Politécnico de Regent Street completarían su educación.
 
Sin medios económicos y con dudas sobre el camino hacia el que encauzar su vida, comenzó a trabajar en las oficinas de una compañía naviera. En 1900 se alistó en el
London Scottish Regiment con la intención de participar en la Guerra de los Boers, pero ésta terminó antes de que su unidad llegara a embarcarse. Sin embargo, permaneció agregado a su regimiento e intervino en la Primera Guerra Mundial como oficial del Cuerpo Médico de la Armada Real en Francia.


A los veinte años, una pequeña pero oportuna herencia hizo posible que Fleming abandonara su trabajo en la compañía naviera y comenzara sus estudios de Medicina. A la hora de decidir el centro médico en que cursaría sus estudios, Fleming recordó haberse enfrentado al equipo del Hospital de Santa María, una institución que prestaba atención esencialmente a pacientes humildes. Así, en 1901, Fleming consiguió una beca para la Escuela de Medicina del Hospital de Santa María, y comenzó una relación que habría de durar toda su vida. En 1906 entró a formar parte del equipo de Wright, con quien estuvo asociado durante cuarenta años.

En 1908 se licenció, obteniendo la medalla de oro de la Universidad de Londres. Nombrado profesor de bacteriología, en 1928 pasó a ser catedrático, retirándose como emérito en 1948, aunque ocupó hasta 1954 la dirección del Instituto de Microbiología Wright-Fleming, fundado en su honor y en el de su antiguo maestro y colega. Un año después, el 11 de marzo de 1955, Alexander Fleming sufrió un ataque al corazón y murió en Londres a la edad de 74 años, tras toda una vida dedicada a la investigación.

A lo largo de la vida de Fleming se suceden varios hechos curiosos: en el año de su nacimiento, 1881, se comienza a experimentar sobre la rabia; en 1895 Fleming llega a Londres y casualmente ese mismo año Wright comienza a trabajar en la inmunización; en 1906 Fleming ingresa en el Departamento de Inoculación, y nace Ernst Boris Chain.
Cabe destacar la importante relación que tuvo su habilidad como deportista con la toma de decisiones que influirían de forma definitiva en su carrera profesional y, cómo no, en su vida. Estas decisiones hacen referencia a la elección del Hospital de Santa María como centro de estudio de la carrera de Medicina y su incorporación al equipo de Wright. En cuanto a la primera, ya hemos comentado que su decisión se basó en el conocimiento del hospital por su equipo de polo; Fleming recordaba a los integrantes de dicho equipo como gente agradable y la escuela le pareció adecuada, por lo que eligió este centro para estudiar medicina sin seguramente sospechar que terminaría ligado a él hasta el fin de sus días.
 
Por otra parte, para su integración en el equipo de Wright, aunque apoyada por su brillantez como estudiante, fue determinante su fama de buen tirador ganada en el regimiento militar a que pertenecía. Uno de los integrantes del Departamento de Inoculación, el doctor John Freeman, buscaba entre los nuevos internos del hospital alguien que tuviese habilidad y puntería en el tiro con la intención de reforzar el equipo que el hospital tenía en esa especialidad. Al conocer la fama de buen tirador de Fleming, Freeman le propuso entrar en el laboratorio, aunque procuró adornar el asunto con razones más serias e inclinarlo por la bacteriología mediante variopintos argumentos.
 
Le presentó a su jefe, el profesor Wright, para que éste le deslumbrase con sus vastos conocimientos y floreadas hipótesis. En cuanto a la carrera profesional de Fleming, estuvo dedicada a la investigación de las defensas del cuerpo humano contra las infecciones bacterianas. A su entrada en el Departamento de Inoculaciones, Fleming colaboró en el estudio del “índice opsónico”, línea principal de investigación del departamento, basada en la idea de que las enfermedades infecciosas podían ser curadas por anticuerpos, y los enfermos acudían atraídos por los índices opsónicos y las autovacunas.
 
Su nombre está asociado a dos descubrimientos de suma importancia: la lisozima y la penicilina. El segundo es, con mucho, el más famoso y también el más importante desde un punto de vista práctico, pero ambos están relacionados, ya que el primero tuvo la virtud de centrar su atención en las sustancias antibacterianas que pudieran tener alguna aplicación terapéutica.
 
De cualquier forma, la carrera profesional de Fleming está plagada de numerosos e importantísimos hallazgos. Incansable investigador, probó con éxito la administración de salvarsán para tratar la sífilis; la publicación de los resultados en The Lancet, en 1911, hizo crecer considerablemente su celebridad. Pero Fleming no se dedicaba exclusivamente a una cosa, sino que diversificaba sus ocupaciones médicas atendiendo a las más variadas enfermedades, como por ejemplo la tuberculosis.
 
Cuando en 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial, el Estado Mayor inglés decidió crear en Boulogne (Francia), donde se habían trasladado tropas inglesas, un hospital en el cual se investigasen nuevas técnicas de ayuda a los heridos.
 
Y a Boulogne se trasladó la plana mayor del Departamento de Inoculaciones, para estudiar sobre el terreno las heridas sépticas de la guerra y desarrollar posibles terapias. Su participación en este conflicto fue decisiva en la carrera profesional de Fleming, ya que le permitió desarrollar las investigaciones sobre las heridas infectadas, en las que comenzó a centrar sus esfuerzos en abril de 1914.
Perturbado por el elevado número de soldados muertos y de heridas infectadas, Fleming comenzó a cuestionarse la efectividad del tratamiento de ciertas dolencias con los antisépticos que estaban siendo empleados por entonces. Tras una serie de estudios brillantes, demostró que algunos antisépticos perjudicaban más que sanaban, ya que mataban células del sistema inmunitario y con ello facilitaban el progreso de la infección.
 
Manifestó la necesidad de limpiar las heridas abiertas con suero salino, con el fin de provocar la exudación de los tejidos circundantes de la herida empujando las bacterias hacia fuera, así como la de aflojar cada cierto tiempo los torniquetes interruptores de hemorragia que se solían aplicar sobre la herida para evitar la falta de oxigenación que reducía la capacidad defensiva del propio organismo frente a los patógenos.
 
Otro importante estudio de Fleming fue el llevado a cabo para tratar de determinar el agente patógeno causal de la terrible epidemia de gripe que afectó a Europa y América en agosto de 1918, meses antes del fin de la Primera Guerra Mundial. Junto con Clemenger, concluyó que el agente etiológico de la gripe no era Bacillus pfeiffer (posteriormente denominado Haemophilus influenzae), como estaba aceptado por la comunidad científica en ese momento; sin embargo, no pudo pasar de simples observaciones, ya que pronto fue enviado de regreso a Inglaterra.
 
En 1919, dos bacteriólogos japoneses estudiaron cultivos del bacilo y demostraron que con él no se podía reproducir la gripe; meses después se averiguaría que la epidemia estaba causada por un virus y que la presencia secundaria de agentes bacterianos en los enfermos se debía a la facilidad que la gripe les ofrecía para penetrar en el organismo debilitado.
 
Terminó siendo reconocido como uno de los bacteriólogos más experimentados del momento al publicar numerosos artículos en los que expuso las investigaciones desarrolladas en época de guerra, incluido el estudio sobre las transfusiones, un método entonces incipiente.
 
El primero de los dos grandes descubrimientos de Fleming, la lisozima, tuvo lugar en 1922, cuando puso de manifiesto que la secreción nasal y las lágrimas (así como la clara de huevo) poseían la facultad de disolver determinados tipos de bacterias. Probó después que dicha facultad dependía de una enzima activa, la lisozima, presente en muchos de los tejidos corporales, aunque de actividad restringida en cuanto a los microorganismos causantes de las enfermedades.
 
Pese a esta limitación, el hallazgo se reveló altamente interesante, puesto que demostraba la posibilidad de que existieran sustancias que, siendo inofensivas para las células del organismo humano, resultasen letales contra las bacterias. La rápida pérdida de actividad o “acostumbramiento” descrita por el propio Fleming resultó premonitoria de lo que ocurriría posteriormente a otra escala: las resistencias. Fleming era consciente de la importancia de la lisozima, pero la divulgación de un estudio que manifestaba los problemas y dudas sobre sus indicaciones y futuro generó escepticismo entre los científicos de la época.
 
El punto clave de su vida científica fue el descubrimiento de la penicilina en septiembre de 1928. El origen casual de este hallazgo lo ha rodeado de una romántica y atractiva leyenda; el descubrimiento de la penicilina fue resultado de una observación fortuita, efectivamente, pero unido al trabajo concienzudo y meticuloso de Fleming.
 
La casualidad del descubrimiento se debe al crecimiento de un hongo contaminante en placas inoculadas con Staphylococcus aureus mantenidas durante las vacaciones estivales sobre la mesa del laboratorio, a una temperatura que no era la óptima para el desarrollo de la bacteria pero sí para el hongo.
 
La observación de que el crecimiento bacteriano era inhibido por el hongo dio paso a sucesivos estudios que terminarían por determinar que el hongo invasor pertenecía al género Penicillium e impedía el crecimiento de las bacterias mediante la producción de una sustancia, bautizada como penicilina, que no resultaba lesiva para las células del sistema inmunitario del organismo infectado. En innumerables ocasiones Fleming trató de aislar la penicilina, pero no lo consiguió; su inestabilidad convertía su purificación en un proceso excesivamente difícil para las técnicas químicas disponibles.
 
Coma ya sucediera con la lisozima, la publicación de sus investigaciones describiendo los numerosos intentos fallidos de aislar la penicilina restó importancia al descubrimiento de la sustancia que revolucionó la terapéutica antiinfecciosa. La penicilina tardaría aproximadamente 15 años en convertirse en el agente terapéutico de uso universal que había de llegar a ser.
 
Al final de la década de 1930, tras estallar la Segunda Guerra Mundial, el elevado número de pacientes exigía grandes cantidades de una sustancia que fuera efectiva para el tratamiento de las infecciones bacterianas. Esta necesidad fue el desencadenante para despertar el interés por la penicilina, y así, dos investigadores de la Universidad de Oxford (Reino Unido), Howard W. Florey y Ernst Boris Chain, comenzaron a trabajar con la penicilina. Estos investigadores consiguieron, por fin, purificar la penicilina y probar su efecto antibacteriano en humanos.
 
La situación de guerra determinó que se destinaran al desarrollo del producto recursos lo suficientemente importantes como para que, ya en 1944, todos los heridos graves de la batalla de Normandía pudiesen ser tratados con penicilina.
 
Con un cierto retraso la fama alcanzó a Fleming, quien fue elegido miembro de la Royal Society en 1942, recibió el título de Sir dos años más tarde y, por fin, en 1945, compartió con Florey y Chain el premio Nobel en Fisiología y Medicina. Fleming invirtió el dinero recibido en la financiación de futuros estudios médicos. Al haber sido el primero en descubrir la penicilina, Fleming ganó fama internacional; sin embargo, era muy modesto y admitía que otros científicos habían tenido un papel esencial en el descubrimiento.
 
A pesar de su creciente fama, continuó dirigiendo la mayoría de los estudios que se realizaban en su laboratorio. Sus esfuerzos científicos estaban dirigidos al descubrimiento de diferentes métodos para combatir las bacterias, actividad que mantuvo hasta el final de su vida.


 

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