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Militar y estadista español nacido en El Ferrol (La Coruña) el 4 de diciembre de 1892 y fallecido en Madrid el 20 de noviembre de 1975). Gobernó encabezando una larga y férrea dictadura que persistió hasta su muerte. Nacido en el seno de una familia de tradición militar, su primera intención fue ingresar en la Academia Naval.

  El cierre temporal de ingreso en ésta hizo que el joven Franco dirigiera sus pasos hacia infantería, en cuya Academia de Tole­do ingresó en 1907. Su paso por la academia marcó profundamente su perso­nalidad, tanto en la instrucción técnica y la influencia filosófica recibida, como por el trato con los otros cadetes. Su escasa estatura, la voz aflautada y una mínima brillantez académica le hicieron objeto de algunas bromas que, lejos de apaciguar su inquieta y ambiciosa vida interior, sirvieron de acicate superador.
 
Al ser graduado en la Academia solicitó como destino Marruecos, donde, de hecho, acabó formándose como soldado y donde consiguió buena aparte de sus ascensos, tanto por antigüedad como por méritos de guerra, además de ser herido de gravedad.
 
Al alcanzar el grado de comandante fue destinado a Oviedo (1916), donde tuvo un puesto destacado en la represión de la huelga revolucionaria del año siguiente. Su estancia en la capital asturiana le permitió alternar por primera vez con la alta burguesía local, entre la que encontró a la que sería años después su esposa: Carmen Polo. La creación del famoso Tercio de la Legión Extranjera (1920) al mando de Millán Astray hizo que éste solicitara el concurso de Franco, quien en su segundo destino en Marruecos dirigió la primera bandera del Tercio. De su experiencia bélica en el Protectorado dejó constancia en su obra Diario de una bandera (1922).
 
Sus actuaciones en maniobras militares despertaron el interés del rey Alfonso XIII, quien lo nombró "gentilhombre de cámara" y apadrinó su boda en 1923. Este acerca­miento a la corona le posibilitó un destino en la Península, pero tras alcanzar el grado de teniente coro­nel y ante la grave situación del ejército en Marruecos retornó al mando del Tercio. Las intervenciones para derrotar la oposición cabileña emprendidas por el nuevo gobierno de Primo de Rivera (desembarco de Alhucemas, ocupación de Axdir...) tuvieron en Franco uno de sus más brillantes y fríos ejecutores, lo que le catapultó al grado de general de división a la corta edad de treinta y tres años, el más joven mili­tar europeo de su época. Pacificado el Protectorado y dada por concluida la guerra, Primo de Rivera le designó director de la Academia de Zaragoza (1928) con el encargo de reorganizar y tecnificar la carre­ra militar. En ese puesto le sorprendió la proclamación de la II República Española.

 

El ministro de la Guerra, Manuel Azaña, clausuró la Academia en su programa de reforma militar (1931); en su significativo dis­curso de cierre Franco evidenció (contrariamente a la mesura y precaución que siempre utilizó) el pro­fundo malestar que le producía la medida, los nuevos dirigentes y el mismo régimen. Esto hizo que permaneciera durante un año en expectativa de destino hasta que fue finalmente emplazado primero en La Coruña y posteriormente a la comandancia de las Baleares (1933).
 
La pérdida de las elecciones po­sibilitó el acceso al gobierno del bloque radical-cedista, lo que permitió el inicio de una contrarreforma militar. Fue nombrado asesor militar del gobierno de Lerroux y en calidad de ello dirigió la represión de la revolución de Asturias (octubre de 1934) y fue nombrado Comandante en Jefe del ejército en Marrue­cos. De allí fue llamado por el nuevo ministro de la Guerra, Gil Robles, para ponerlo al frente del Estado Mayor Central (1935). Tras el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, las nuevas autoridades tu­vieron noticias de conjuras militares golpistas, por lo que practicaron una política de traslados de los principales jefes sospechosos. Franco fue destinado a la comandancia de Canarias, desde donde parti­cipó, si bien de modo secundario, en la preparación de un golpe militar.
 
Las dudas de Franco sobre su­marse o no de modo activo al movimiento conspirador persistieron hasta fechas muy avanzadas: a fina­les de junio de 1936 envió una carta al presidente Casares Guiroga exhortándole a que utilizara el ejér­cito para frenar la descomposición de la grave situación social.
 
El asesinato del dirigente ultraderechista Calvo Sotelo sirvió de pretexto y señal definitiva para poner en marcha el golpe de estado. El papel reservado a Franco era trascendental: un avión fletado en Londres debía llevarlo al frente del ejército en Marruecos. El 17 de julio las tropas en Melilla se alzaron en armas e inmediatamente, tras sumarse desde su comandancia al pronunciamiento, voló clandestinamente has­ta Tetuán y en el Protectorado se puso al mando del cuerpo del ejército más determinante en los co­mienzos de la guerra: la Legión.
 
El primer obstáculo fue el traslado de los efectivos a la Península, lo que consiguió con la ayuda logística alemana e italiana, iniciando a continuación un rápido despliegue por la vega del Guadalquivir y Extremadura en el que consiguió liberar la asediada Academia de Infante­ría en el Alcázar de Toledo y llegar a las puertas de Madrid.
 
Pero lo que debía ser un rápido y contundente golpe de estado se convirtió en una larga guerra civil. El llamado a ser jefe de las fuerzas sublevadas, el general Sanjurjo, exiliado en Portugal, sufrió un acci­dente de aviación que acabó con su vida. Debido a ello, los dirigentes militares formaron una Junta de Defensa al frente de la cual debía situarse el general responsable del mando supremo. La elección re­cayó en Franco (29 de septiembre de 1936) debido a ser el jefe de la unidad militar más poderosa en ese momento, además de que contaba con las simpatías personales de Hitlery Mussolini, los principa­les apoyos internacionales de los sublevados.
 
A partir de ese momento, la historia personal de Franco y la historia de España corren en paralelo. Franco aprovechó su situación privilegiada al frente del autoca- lificado ejército nacional para afianzar su puesto en el nuevo estado en formación. En octubre de 1936 fue proclamado Generalísimo de los ejércitos, en abril del año siguiente se situó al frente del nuevo par­tido único, FET de las JONS, y en enero de 1938 se proclamó Jefe de Estado. La tenencia del poder supremo del ejército, el gobierno y el estado quedó ratificada simbólicamente con la adopción oficial del título de Caudillo de España. Franco contaba cuarenta y cinco años.
 
La figura de Franco salió de la Guerra Civil elevada a la máxima categoría. Su liderazgo militar, político e institucional era absoluto y a partir de ese momento puso en marcha un régimen dictatorial que con­servó hasta su muerte.
 
[El 21 de julio de 1969 Franco designa a Don Juan Carlos de Borbón su sucesor a la Jefatura del Esta­do, con el título de Rey. Cinco años más tarde, en julio de 1974, Franco cede temporalmente la jefatura del Estado al príncipe Juan Carlos, a causa de su enfermedad. El 30 de octubre de 1975, Franco cae gravemente enfermo, y muere el 20 de noviembre del mismo año. Dos días después de su muerte, Juan Carlos es proclamado Rey de España en el palacio de las Cortes].
 


Personalidad política de Franco:
 
"Hágame caso: no se meta en política". Esta frase, que Franco repitió a numerosos contertulios, refleja toda una concepción de su personalidad y el modo en que vio el devenir de la historia de España en su juventud, además de su propia práctica política durante más de tres décadas.
 
La personalidad política de Franco estuvo condicionada por su rango militar, por la preparación huma­nística y por la filosofía corporativa que a principios de siglo tenía la pertenencia al ejército. En sus su­cesivos destinos marroquíes acabó por formar su vocación y dedicación militar: él mismo confesó que no comprendía su vida sin la experiencia africana. Su apuesta por la dura disciplina la aplicó en su paso por el mando de la Legión y de ella extrajo importantes enseñanzas: más que geniales planteamientos estratégicos, la guerra en Marruecos exigía orden sistemático, ciega determinación y paciente tenaci­dad, virtudes que luego aplicaría en la represión asturiana y en la Guerra Civil.
 
Además, Franco hacía ostentación en el frente de un desprecio absoluto por la vida humana, un ensañamiento que resguarda­ba bajo el imperio del reglamento y una defensa absoluta de la obediencia jerárquica. Toda esta experiencia acumulada en el frente y los rasgos fundamentales de su condición militar fueron vertidos sobre su personalidad política, lo que tuvo trascendentales consecuencias en su imposición al frente del Alzamiento, en su estilo de gobierno y en su punto de vista sobre la realidad sociopolítica es­pañola.
 
Aparte de reiteradas quejas sobre la falta de respaldo de las fuerzas políticas al ejército en Ma­rruecos, Franco había permanecido totalmente ajeno al ámbito político hasta los años treinta. Era un convencido monárquico y la proclamación de la República le disgustó; pero, más allá del cambio de ré­gimen, sobre todo le afectaban las actuaciones de algunos dirigentes gubernamentales, el jacobinismo de algunos parlamentarios y el crecimiento del poder de las fuerzas sindicales y los partidos revolucio­narios.
 
Durante los años treinta, Franco fortaleció las bases doctrinales que había recibido en su período edu­cativo y la vivencia en el círculo cerrado del ejército. La creencia en el papel director de ejército, la acendrada religiosidad y el antiobrerismo presentes en el conjunto de ideas de la derecha española de la época, fueron integradas durante los años treinta en una visión historicista, radical e integrista. Se sumaron, además, dos ideas que vertebraron con posterioridad su concepción política: la primera fue el anticomunismo, al que respondió integrándose en un ultranacionalismo de características totalitarias y militaristas; el segundo fue el antimasonismo que, en ocasiones, identificó con la degradación de las prácticas democráticas y las instituciones parlamentarias.

A este concepto respondió con un reforza­miento de la religiosidad, cuyos principios debían ser mantenidos desde las instituciones e impregnar to­do el entramado social. La fusión del ultranacionalismo y el integrismo religioso perfiló definitivamente la personalidad mesiánica de Franco, de ahí su creencia en la providencialidad de su aparición y haber si­do llamado a llenar una de las páginas más gloriosas de la historia de España. Simbólicamente, esta fu­sión de características encuentra su mejor concreción en la leyenda que hizo grabar en las monedas que llevaban su efigie: Caudillo de España por la gracia de Dios.

 
Franco y su régimen:

 
La característica esencial del régimen franquista fue su identidad dictatorial y la ausencia de un Estado de Derecho que defendiera a los ciudadanos y les garantizara el ejercicio de sus libertades. La dictadura franquista debe ser analizada desde distintos puntos de vista.
 
En primer lugar, es necesario destacar el carácter personal de la dictadura: fue la figura de Franco la que dio unidad a esta larga etapa de la historia de España, cuya evolución ideológica, planteamientos económicos y sociales y respaldo social cambiaron profundamente a lo largo de los años. La personali­dad de Franco engloba todos estos cambios, integrándolos en una especie de evolución que, en reali­dad, encubrió fuertes contradicciones internas dentro del régimen.
 
La dictadura franquista fue consciente y, en ocasiones, vocacionalmente una dictadura militar, aunque, a diferencia de otras dictaduras coetáneas, no por ser el ejército como corporación quien dirigiera el ré­gimen sino por ser el dictador un militar y trasladar los usos castrenses a esferas administrativas y gu­bernamentales. En muchos discursos de Franco estaba presente la metáfora de España como cuartel. Por parte del ejército, cuya actuación posibilitó la implantación del régimen franquista y siempre fue un respaldo básico del mismo, no siempre tuvo una fácil influencia sobre las decisiones de la cúpula guber­namental, en especial desde finales de los años cincuenta.
 
El régimen franquista fue también una dictadura de partido único. En plena Guerra Civil Franco ordenó la unificación forzosa decretada de todas las fuerzas y partidos políticos que respaldaban el Alzamiento, creando con todo el conjunto la FET de las JONS como único partido reconocido (abril de 1937). En su seno convivieron posiciones ideológicas muy distintas en principio conocidos como las familias del ré­gimen: falangistas, monárquicos, carlistas, católicos..., aunque la evolución del régimen y, en especial, el sometimiento de las fuerzas políticas internas a los dictados de Franco difuminó de hecho los extre­mos más contradictorios.
 
La redacción de los Estatutos de Falange (1939) y la constitución del Consejo Nacional de Falange (1942) fundamentaron la pretensión totalitaria del partido (y por tanto del régimen que respaldaba), no sólo sobre la política nacional sino sobre la propia vida cotidiana de los ciudadanos. Esta división de origen dentro del partido único dio al franquismo un peculiar sentido de pluralidad, utili­zado por Franco como ejercicio de arbitraje entre las diversas familias para mantener sin contrapartidas su liderazgo indiscutido.
 
Por último, es necesario señalar la importancia del respaldo otorgado a la dictadura franquista por la Iglesia. La jerarquía eclesiástica dio su beneplácito al golpe de estado de julio de 1936, identificó el mo­vimiento insurgente como Cruzada e, incluso, llegó a recibir la bendición papal, además de ser el Vati­cano uno de los primeros estados, junto con Alemania e Italia, en reconocer el Estado Nacional dirigido por Franco.
 
Los cardenales Segura, Gomá y Plá y Deniel, junto con numerosos intelectuales religiosos, legitimaron el Alzamiento y el régimen implantado por los vencedores de la Guerra Civil suministrando al mismo considerables fuentes arguméntales e ideológicas en las décadas posteriores. La influencia de la Iglesia se aprecia también en la presencia en altos cargos de la administración de personalidades diri­gentes de movimientos católicos seglares, en especial de la Organización Nacional de Propagandistas en los años cuarenta-cincuenta y del Opus Dei en los sesenta y setenta.

 

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