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¿Qué es el Comunismo? Y sus diferentes tipos

Con el término comunismo, se han definido tradicionalmente diversas concepciones colectivistas de la organización social, basadas en la comunidad de bienes y en la propiedad colectiva de los instrumentos de producción y de la riqueza producida. En la época contemporánea, el término comunismo aparece generalmente asociado con el de socialismo.

Su aparición fue casi simultánea, ya que el vocablo socialismo fue utilizado por primera vez en 1834, por Pierre Leroux en Francia y por los discípulos de Robert Owen en Gran Bretaña, mientras 1839 en París por algunos grupos revolucionarios clandestinos.
 
La difusión mundial que después ha experimentado el término comunismo debe atribuirse a su adopción por los clásicos del marxismo y al extraordinario impacto internacional de la revolución soviética de octubre de 1917. Como consecuencia, se ha complejizado mucho la utilización del término, ya que éste se emplea no sólo en su sentido originario -como un ideal político y un proyecto de organización social-- sino también para definir un movimiento político-social organizado y la fase superior de una formación económico-social que se inicia con la fase socialista y culmina en la comunista.
 
Se distinguen también otros usos del término, como son los de comunismo primitivo, comunismo igualitario, comunismo de guerra, etc., derivados de los textos en que Marx, Engels, Lenin, etc, abordaron distintos fenómenos históricos, movimientos, teorías y doctrinas relacionados con los procesos de emancipación social.


Comunismo primitivo:

Por comunismo primitivo se entiende, en la teoría marxista, una etapa del desarrollo de las formaciones económico-sociales, caracterizada por el bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, la propiedad colectiva de los rudimentarios instrumentos de producción y la distribución igualitaria de los productos.
 
Corresponde a la etapa gentilicia del desarrollo de la sociedad, en la que la actividad laboral humana se basaba en la cooperación simple. Para Marx, este tipo primitivo de producción colectiva o cooperativa era, naturalmente, resultado del desamparo en que se encontraba el individuo aislado, y no de la socialización de los medios de producción. Como consecuencia, el hombre primitivo no concebía la posibilidad de una propiedad privada de los instrumentos de producción. Sólo algunos de éstos, que le servían también para  defenderse de las fieras, le pertenecían en propiedad personal.
 
Trabajo tan primitivo no creaba excedente alguno después de cubrir las necesidades más perentorias, y tal inexistencia de plus producto impedía la explotación del hombre por el hombre. Con las sucesivas divisiones del trabajo, y el desarrollo de las fuerzas productivas, el comunismo primitivo de la sociedad gentilicia entró en crisis y dio paso a las sociedades basadas en la explotación humana. Esta fase inicial del desarrollo humano no debe ser idealizada, a pesar de que se distinguió por su democratismo, por el espíritu de cooperación en el seno de cada comunidad gentilicia y por el florecimiento de las virtudes colectivas.
 
Según Marx y Engels, tales rasgos positivos quedaban, en gran parte, neutralizados por una muy insuficiente satisfacción de las necesidades vitales y la total impotencia ante las fuerzas naturales. Por el contrario, en la futura sociedad comunista se recuperarán los rasgos morales positivos del comunismo primitivo, pero sobre una base científico-técnica que permitirá al hombre satisfacer plenamente sus necesidades naturales y sociales.


Comunismo igualitario:

Se utiliza la denominación de comunismo igualitario para definir a las concepciones comunistas premarxistas; es decir, a las que han precedido a la elaboración del comunismo científico –también denominado socialismo científico- de Marx y Engels.
 
No obstante su diversidad, se las puede globalizar para definirlas como una forma de utopía social que integra el ideal de una sociedad basada en la propiedad colectiva sobre los instrumentos de producción (en ello se diferencia del igualitarismo, que proyecta establecer un régimen de propietarios iguales), y en la igualdad total, absoluta, de todos los productores, no sólo en el sentido económico y político-social sino también en la igualación de todas las necesidades.
 
Tal concepción del comunismo resuelve de forma unilateral, primitiva, el problema de la relación entre la sociedad y el individuo; fundamenta la subordinación incondicional de los intereses del individuo a cierta «sociedad de iguales» abstracta, o a ciertas entidades concretas; el Estado, el falansterio, la comuna, etc.
 
Como forma de protesta espontánea, instintiva, contra las opresiones sociales y la desigualdad de clases, las ideas del comunismo igualitario se desarrollaron en la ideología popular de la Antigüedad y del Medioevo. Entre tales concepciones comunistas igualitarias figuran las que en el siglo antes de nuestra era se desarrollaron en Palestina por los miembros de la secta de los eseos «los justos» o esenios. No se limitaron a su enunciación teórica sino que se organizaron en colectividades comunistas basadas en el alojamiento, la actividad cotidiana y la comida en común.
 
Es de destacar la amplitud de este movimiento comunista, pues llegó a integrar a más de cuatro mil personas. Otra modalidad de comunismo igualitario fue la implantada en Esparta por la legislación de Licurgo. Se la ha calificado también de comunismo militar, ya que encauzaba enérgicamente a la población hacia las actividades bélicas. En realidad, aunque los ciudadanos se rigiesen por un régimen comunista, el Estado espartano constituía un régimen esclavista, basado en el trabajo no libre de los ilotas, que se descompuso por el propio éxito de sus actividades bélicas.
 
Generalmente se incluye a Platón entre los autores que propugnaban un comunismo integral. Así, en La República, sustenta que «(. ..1 existen el mejor Estado, la mejor constitución y las mejores leyes allí donde se aplica esta máxima: "Todo es común entre amigos"». Empero esta concepción ideal del comunismo, Platón la corrige pragmáticamente en Las leyes sustentando una concepción aristocrática de la sociedad, cuyo gobierno atribuye a los reyes-filósofos.
 
A su vez, Zenón, Pitágoras y los primeros cristianos sostenían que el hombre se hace comunista por libre albedrío a medida que alcanza una mayor pureza moral. Tras haber influido en algunas de las herejías cristianas iniciales, las tendencias igualitarias se desarrollaron en el seno de la ideología cristiana de la época y lograron expresarse a través de las teorías y costumbres de las comunas anabaptistas (mesa común, etc.), en la ideología y actividad del movimiento insurreccional chino de los tai pings (destrucción de palacios y alhajas, etc.) y en las ideas y costumbres de los campesinos comunitarios de Rusia, etc.
 
Las ideas del comunismo igualitario rebrotaron con el desarrollo de las primeras utopías sociales literarias. El propio término utopía, que literalmente significa «lugar inexistente, imaginario, lo utilizó por primera vez el británico Tomás Moro en su célebre Utopía (1516), donde describe un régimen social basado en la propiedad colectiva de los medios de producción, en la participación obligatoria en el trabajo, en la reducción del consumo, etc. En 1623 se editó La ciudad del Sol del monje italiano Tomás Campanella.
 
En el Estado que describe, la propiedad y el trabajo eran comunes, la jornada laboral se limitaba a cuatro horas y las mujeres disfrutaban de los mismos derechos que los hombres. Todos los ciudadanos vivían juntos, sin una vida familiar delimitada, y la educación de los niños era común e igualitaria.
 
Las primeras utopías reflejaban así el escaso desarrollo económico y espiritual de la sociedad, y la propia inmadurez de las relaciones sociales. Por ello, no puede sorprender que el ideal de futuro se buscara en el remoto pasado de la humanidad: se idealizaban las costumbres del comunismo primitivo, los usos del sistema gentilicio-patriarcal, y el modo de vida de los campesinos comunitarios, todavía vigente en los países donde subsistía el régimen de propiedad comunal de la tierra.
 
El comunismo igualitario existe también como rudimento en el propio pensamiento socialista. Como expresión de las ideas igualitarias (niveladoras) del sector más radical de la Revolución inglesa, el británico Gerrard Wístanley (1609-1652) expuso, en su Law of Freedom, que el derecho de los trabajadores a la posesión de la tierra era la condición primordial para un justo régimen social. En el mismo ámbito ideológico, la novela utopista Histoire des sévarambes, de Veiras D'Allais, publicada en Inglaterra en 1675, propugnaba una sociedad constituida por asociaciones de trabajadores que laboraban y consumían en común.
 
 
Comunismo utópico:

A partir del siglo xviii, las ideas utópicas del comunismo igualitario se fueron desarrollando bajo el impulso que les proporcionaba la creciente agudización de las contradicciones sociales. Tres franceses -Meslier, Morelly y Mablyfueron precursores en esa dirección. En la obra Testamento, de Jean Meslier -finalizada en 1729- el autor llama directamente a la lucha armada para establecer la comunidad de bienes y la igualdad social.
 
A su vez, Morelly, en su Código de la naturaleza (1775), sostiene, más consecuentemente que ningún otro utopista, la necesidad de una sociedad fundamentada en el comunismo integral y el amor libre. Por su parte, Gabriel Bonnot de Mably (1709-1785) defendió el derecho natural comunista, la legislación de Licurgo, el Estado de Platón; y mostró sus ventajas frente a los males causados por la propiedad privada y la desigualdad social. Describió una sociedad sin explotación y sin desigualdad, basada en la comunidad de bienes -salvo los personales- y en la obligatoriedad del trabajo para todos.
 
Las ideas del comunismo utópico se radicalizaron, en el plano de la estrategia revolucionaria, durante la gran Revolución francesa (1789-1793). En esta etapa se destacaron los seguidores de Graco Babeuf, dirigente de la clandestina organización «(Conspiración de los Iguales). De sus planteamientos se deduce la idea de completar la revolución política con la revolución social. Los babuvistas proyectaban instaurar una comuna nacional, implantar la propiedad comunista y la obligación de trabajar, así como la anulación del derecho de herencia.
 
En su Manifiesto de los Iguales, Babeuf estimaba que «la revolución francesa había sido la precursora de otra revolución de mayor envergadura, que sería la última». Con Babeuf se cierra el ciclo de los utopistas, que, inspirándose en el humanismo del Renacimiento, habían sido precursores tanto de la revolución burguesa como de una futura revolución proletaria.
 
A comienzos del siglo xix alcanza su apogeo la actividad teórica y práctica de tres grandes utopistas del comunismo: Saint-Simon, Fourier y Owen; empero, no es fácil establecer una adecuada distinción entre comunismo y socialismo utópico.
 
En el seno del movimiento de los socialistas utópicos se destaca una corriente de utopismo social inspirada en el comunismo igualitario (distribución uniforme del trabajo y del deleite, curación forzada, eta.) en Weithng, y en la reglamentación estatal de la vida cotidiana, eta. En Étienne Cabet. Rasgos de igualitarismo se dan tanto en el comunismo revolucionario francés, de las décadas del treinta y cuarenta del siglo xrx, como en el socialismo «pacífico» de Fourier y sus discípulos.
 
La existencia de dos grandes tendencias en el pensamiento utópico antiburgués -la comunista igualitaria y la socialista-, su complejo entrelazamiento y sus luchas, originaron el carácter contradictorio del desarrollo de esta ideología en su totalidad. Estas contradicciones se intensificaron debido a que, de una parte, los adversarios del socialismo, a fin de apartar a las masas de sus ideas emancipadoras, de tergiversarlas, atacaban al comunismo igualitario presentándolo como la esencia de la ideología socialista; de otra parte, en el seno del pensamiento socialista una concepción crítica del comunismo igualitario por considerarlo burdo y simplista.
 
En los planteamientos del conde de Saint Simon (1760-1825), se suscita por primera vez la idea de una economía planificada, aunque -como precisó Engels- en su concepción del desarrollo social, junto a su tendencia proletaria todavía seguía vigente la tendencia burguesa. Su compatriota Charles Fourier (1772-1837), desarrolló una concepción del comunismo utópico basada en la proliferación de comunas agro-industriales (falansterios) y unas ideas muy avanzadas sobre la emancipación femenina. El británico
Robert Owen (1771-1858) completa esta trilogía de grandes utopistas.
 
Comenzó como empresario progresista propugnador de una más justa legislación fabril y de la reducción de la jornada laboral. Al no obtener en ese campo sino resultados parciales, fue pasando gradualmente a las posiciones del comunismo utópico. Owen vinculó el cambio del sistema social al desarrollo de «las fuerzas productivas». Fue el primero en utilizar esa denominación, que después se incorporó con gran éxito a la terminología marxista.
 
Además de propagandista activo de la ideología comunista, Owen intentó su aplicación a la práctica social. Se desplazó a los EE.UU., e invirtió gran parte de su fortuna en la compra de un poblado y de una parcela de tierra, donde organizó una comuna experimental con la participación de 800 seguidores de sus teorías.
 
La escasa formación colectivista de los comuneros y la precipitación con la que se pasó del principio de distribución según el trabajo a la «plena igualdad» fueron las causas de que fracasara tal experiencia comunista.
 
 
Comunismo científico:

En las primeras décadas del siglo XIX se fueron creando las condiciones para la superación de las limitaciones y simplificaciones inherentes al comunismo igualitario y al comunismo utópico. En el seno de un pensamiento socialista y comunista cada vez más diversificado, se fue desarrollando gradualmente una concepción crítica del comunismo igualitario como falsa solución del problema social, aunque tuviese carácter democrático por su defensa de los intereses inmediatos de los trabajadores.
 
 Algunos revolucionarios -Herzen, Písarev, Chernishevski, eta., y, sobre todo, Marx y Engels- criticaron duramente al comunismo igualitario, en el que veían una justificación teórica de la violencia sobre el individuo.
 
En tal crítica, Marx precisaba: «Este comunismo, que niega en todas partes la personalidad en el individuo, no es sino expresión consecuente de la propiedad privada, que es esta negación [...1. Cualquier propiedad privada como tal siente -por lo menos con respecto a la propiedad privada más rica--envidia y ansia de una nivelación, que parte de la idea de cierto mínimo. Tiene una medida restrictiva determinada.
 
El que esta abolición de la propiedad privada no es, ni mucho menos, una verdadera asimilación de la misma, se ve precisamente por la negación abstracta de todo el mundo de la cultura y la civilización, por la vuelta a la sencillez innatural del hombre pobre y carente de necesidades que lejos de haberse elevado por encima de la propiedad privada ni siquiera ha llegado a su nivel». Marx y Engels rechazaban también las tentativas de efectuar transformaciones sociales en el espíritu del «comunismo cuartelero», en el espíritu del igualitarismo primario, mediante la represión y nivelación de las necesidades humanas.
 
Saint-Simon, Fourier y Owen elevaron las concepciones del socialismo y el comunismo utópico a su más alto nivel. Criticaron certeramente al régimen capitalista, intuyeron correctamente algunos de los rasgos de la sociedad futura, y plantearon por primera vez la posibilidad de una dirección consciente de los procesos sociales. Sus aportaciones fueron positivamente valoradas por Marx, Engels y Lenin (aunque también criticaron la estrechez histórica de sus concepciones, su igualitarismo y ascetismo vulgar, así como el carácter irreal de las vías y medios que proponían para lograr el comunismo).
 
A pesar de sus intuiciones geniales, tales utopistas eran incapaces de aglutinar una masiva fuerza social transformadora. Ni siquiera lo pretendían, ya que basándose en grandes ideas abstractas justicia, libertad, igualdad, eta.- se dirigían no a clases sociales determinadas sino a toda la sociedad. Para los pensadores utópicos, el problema social no tenía por origen una contradicción de intereses, que se manifestaba en forma de lucha de clases, sino la ignorancia -tanto de los explotadores como de los explotados- de una concepción justa de la sociedad.
 
En consecuencia, para disipar esa ignorancia, y poder transformar la sociedad, bastaría con la realización del ideal colectivista, aplicando a una experiencia local concreta un determinado modelo de comuna, falansterio, eta. Compartiendo con los pensadores utopistas la indignación moral contra la explotación y el dominio de clase, Marx y Engels no basaron su teoría emancipadora en tales posiciones éticas sino en el estudio científico de la realidad social a transformar.
 
Desde esa perspectiva, pretendieron dotar a los trabajadores de los instrumentos teóricos necesarios para que pudiesen abordar eficazmente el proceso de su autoemancipación.
 

En síntesis, ello suponía elaborar:

1) Una concepción racional del mundo: el materialismo filosófico no mecanicista.  
2) Un método científico para analizar la realidad: la dialéctica materialista.
3) Una teoría del desarrollo social: la concepción materialista de la historia y la función de la lucha de clases como motor de la historia.
4) La especificidad de la misión histórica del proletariado en la lucha de clases: teoría de la clase universal y de la dictadura del proletariado.
5) Enunciación de las leyes que rigen el origen y desarrollo del capitalismo, así como las de la acumulación y concentración del capital.
6) Elaboración de la teoría de la plusvalía, para que los trabajadores conociesen el fundamento de su explotación.
7) Formulación de los principios del internacionalismo proletario, como fundamento de la solidaridad internacionalista.
8) Enunciación de las causas del colonialismo y de la opresión nacional.
9) Formulación de la estrategia y la táctica del movimiento obrero y comunista internacional.
 
 
Muchas de estas formulaciones estaban ya en germen en Los principios del comunismo de Engels –también denominado Catecismo de los comunistas, redactados en 1847, y, sobre todo, en el célebre Manifiesto comunista de Marx y Engels. Este documento fundamental del comunismo científico apareció en febrero de 1848 debido -según indica su texto- a «que ya es hora de que los comunistas expongan a la faz del mundo entero sus conceptos, sus fines y sus tendencias, que opongan a la leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto del propio partido». Al descubrir las leyes del desarrollo de la sociedad, Marx y Engels proporcionaron la clave de la dirección científica de los procesos sociales en interés de todos y cada uno de los hombres: empero, esa dirección sólo será plenamente eficaz en una sociedad comunista.
 
Partiendo de una sociedad dividida en clases antagónicas, se hace indispensable -para lograr esa dirección- una revolución social en la que sea abolida la propiedad privada y establecida la propiedad social. En la URSS se ha pretendido elaborar tanto una definición del comunismo científico como sistematizar y difundir sus principios.
 
Según el académico A. Rumiantsev, en sentido lato, el comunismo científico es el marxismo-leninismo en su conjunto, como fundamentación múltiple (filosófica, económica y político-social) de la inevitable extinción del capitalismo y de la victoria del comunismo; la expresión científica de los intereses y de las tareas cardinales de la lucha de la clase obrera.
 
En sentido más restringido es una de las tres partes integrantes del marxismo-leninismo la que fundamenta de manera más directa, inmediata, en el orden político-social, la misión histórica de la clase obrera y las condiciones y las vías de su realización.
 
En ese sentido, el comunismo científico es la ciencia de las leyes generales político-sociales, de las vías, las formas y los métodos de la transformación comunista de la sociedad; asimismo, en la ciencia que trata de la lucha de clases del proletariado y de la revolución socialista, de las leyes politicosociales de la construcción del socialismo y del comunismo, del proceso revolucionario mundial en su conjunto, de la sociedad comunista y el proceso de su surgimiento, formación y desarrollo de todas las partes integrantes del marxismo. Pero cada una de ellas, incluido el comunismo científico, como tiene un objetivo independiente de investigación, resuelve a su manera este problema común.
 
A diferencia del materialismo histórico, el comunismo científico no estudia las leyes sociológicas generales que actúan en todas o en muchas formaciones eco nómico-sociales, sino aquellas leyes peculiares, específicas, que están relacionadas con el proceso de transformación revolucionaria de la sociedad capitalista en comunista.
 
El comunismo científico tiene, como ciencia independiente, sus leyes y sus categorías. En ellas se expresan las facetas esenciales del proceso de reestructuración revolucionaria de la sociedad capitalista en comunista. Entre las leyes que estudia figuran, por ejemplo, la realización de la revolución socialista y el establecimiento de la dictadura del proletariado en el tránsito del capitalismo al socialismo.
 
Por su naturaleza, estas leyes no son sociológicas generales ni económicas, sino precisamente político-sociales generales, y expresan con el mayor relieve la especificidad del comunismo científico. El comunismo científico es también la generalización del movimiento mundial revolucionario y de liberación, para la construcción del socialismo y del comunismo en los distintos países. Se asienta en la historia del movimiento comunista, en la historia del PCUS y de otros partidos comunistas.
 
El desarrollo del comunismo científico es imposible sin utilizar el material histórico concreto que fija la experiencia de la lucha de clases del proletariado sin la actividad de sus partidos revolucionarios en la construcción socialista y comunista; es decir, la experiencia de la historia. Pero a diferencia de las ciencias históricas, que investigan la marcha concreta del desarrollo social en uno u otro país, el comunismo científico expresa esta experiencia en forma teórica generalizada.
 
A diferencia del socialismo y del comunismo utópico, que describían la sociedad futura, el comunismo científico ha concentrado la atención desde su surgimiento en las cuestiones de 1a revolución proletaria, la estrategia y la táctica del movimiento obrero y comunista internacional.
 
La tarea no consistía, como indicó Engels, en construir un sistema lo más perfecto posible de la futura organización social, sino, mediante el conocimiento de las leyes objetivas del desarrollo económico-social, fundamentar científicamente la misión histórica de la clase obrera, las condiciones y premisas de su emancipación y, de esta suerte, liberar a toda la sociedad del poder del capital.
 
 
Movimiento comunista:
 
En su obra La ideología alemana, Marx precisaba: «Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de ajustarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente. Desde tal perspectiva, puede hablarse también de comunismo al tratarse del movimiento obrero y comunista internacional.
 
En el plano organizativo, el origen del mismo se inicia en 1864 con la fundación en Londres de la Asociación Internacional de Trabajadores (I Internacional), cuyo discurso inaugural pronunció Karl Marx. La organización obrera pronto se extendió al continente, aunque los sindicatos británicos continuaron siendo su más firme puntal.
 
Se celebraron congresos en Ginebra (1866), Lausana (1867), Bruselas (1868), Basilea (1869), La Haya (1872), Ginebra (1874) y Filadelfia (1876). Como consecuencia de la retirada de los sindicatos británicos y de la escisión que protagonizaron los bakuninistas, la AIT se debilitó y dejó de existir después del Congreso de Filadelfia (1876).
 
En 1869 se fundó en París la II Internacional, como asociación de partidos socialistas y obreros. En sus frecuentes congresos, el debate se polarizó en dos temas: la participación en los gobiernos burgueses y la actitud que se debería adoptar de suscitarse una guerra internacional imperialista.
 
Al estallar la I Guerra Mundial, la II Internacional se escindió en una mayoría que apoyó -violando las resoluciones del Congreso de Basilea (1912)- la guerra imperialista y una minoría que la combatió y trató de convertirla en guerra civil revolucionaria. Este sector consecuente fue encabezado por Lenin, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht. Tras el triunfo de la revolución soviética, Lenin propuso la creación de una III Internacional o Internacional Comunista (Komintern). Ante el descrédito en el que habían caído los términos «socialista» y «social-demócrata» -a consecuencia de las posiciones chovinistas de quienes lo utilizaban-, Lenin propuso que se retornase a la denominación de «comunista» consagrada en el célebre Manifiesto de Marx y Engels.
 
Sin embargo, antes de fallecer, en 1924, Lenin se autocriticó por la impronta «excesivamente rusa» que había adquirido la Komintern. Tras haber contribuido a la extensión del movimiento comunista -oscilando entre las posiciones dogmáticas de «clase contra clase» y las flexibles que posibilitaron la creación de los Frentes Populares antifascistas la Komintern se disolvió en mayo de 1943, aduciendo que ya no era necesaria debido a la madurez que habían alcanzado los partidos comunistas.
 
En octubre de 1947 se constituyó en Belgrado la Oficina de Información de los Partidos Comunistas (Kominform), de la que formaron parte 12 partidos comunistas -todos de Europa Oriental, salvo los de Italia y Francia-, y prácticamente desaparece al ser expulsada de la misma la Liga de los comunistas de Yugoslavia. Con posterioridad, en la década de los sesenta, el movimiento comunista internacional celebró varias conferencias multilaterales, que luego fueron sustituidas por conferencias bilaterales en función de la tesis del policentrismo, enunciada por Togliatti en 1964.
 
 
Comunismo de guerra:
 
Se dio tal denominación a la política económico-social del Gobierno soviético durante la guerra civil que siguió a la toma del poder por los soviets. La intervención de 14 países imperialistas contra el poder soviético y el desbarajuste económico obligaron a una no prevista socialización integral e inmediata de la industria y el comercio. En enero de 1919 se introdujo el control alimentario, se requisó a los campesinos todos los excedentes agrícolas, y se impuso la total movilización laboral.
 
La realización acelerada de transformaciones socialistas, el asalto frontal contra la propiedad capitalista, y las medidas extraordinarias para resolver las cuestiones económicas, caracterizaron el «comunismo de guerra». Lenin consideró que tal política estaba justificada históricamente para asegurar la victoria sobre los intervencionistas y la contrarrevolución interior, pero también estimó que se habían cometido serios errores subjetivistas que requerían una corrección. Corrección que se realizó mediante la NEP.
 
 
Sociedad comunista:
 
En la concepción que los clásicos del marxismo elaboraron de una sociedad sin explotadores ni explotados, distinguían entre la etapa socialista y la comunista. Según ella, el paso de la fase inferior de la sociedad comunista, a la que se da el nombre de socialismo, a la fase superior, denominada comunismo, constituye un proceso histórico sujeto a leyes.
 
La sociedad no puede llegar al comunismo sin pasar antes por la fase socialista de desarrollo, en la que van creándose gradualmente las premisas para la construcción de la sociedad comunista. Los medios de producción son de propiedad social en ambas fases del comunismo; en consecuencia, también lo son la inexistencia de clases explotadoras y el desarrollo planificado de la economía, empero, al mismo tiempo, la fase superior del comunismo posee rasgos esenciales propios que la distingue de la fase inferior, y la hace mucho más alta, cualitativamente nueva, del desarrollo social.
 

Tales rasgos se podrían sintetizar así:

1) El comunismo dispondrá de una base técnico-material mucho más poderosa y perfecta que el socialismo -basada en los más avanzados medios tecnológicos y científicos-, que le permitirá asegurar una abundancia de bienes materiales inasequible en la sociedad socialista.
 
2) Bajo el socialismo no se da ya la contradicción entre la ciudad y el campo, ni entre el trabajo intelectual y el trabajo físico, pero aún subsisten ciertas diferencias esenciales entre ellos. Esas diferencias se superarán con el desarrollo de las fuerzas productivas y de la propiedad social en el paso al comunismo. El comunismo introducirá cambios esenciales en el carácter del trabajo.
 
Aun manteniéndose la especialización entre las diferentes ramas, sectores y profesiones, desaparecerá la vieja división del trabajo vinculada a las diferencias de clase, a las diferencias esenciales entre la ciudad y el campo y entre el trabajo intelectual y el físico, a la dedicación permanente de los miembros de la sociedad a determinadas profesiones.
 
3) El alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y de la productividad del trabajo social, en la fase superior del comunismo, asegurará la abundancia de bienes materiales y culturales, y hará posible el paso del principio socialista de la distribución con arreglo al trabajo realizado, al principio comunista de la distribución a tenor de las necesidades.
 
4) Con el afianzamiento del comunismo, con el logro de un altísimo nivel de productividad, con la instauración de una propiedad comunista única, y con la transformación del trabajo en una necesidad vital, resultarán ya superfluas la producción y la circulación mercantiles existentes aún bajo el socialismo. Dejará de ser necesario el dinero. Los productos se distribuirán directamente entre los miembros de la sociedad con arreglo a sus necesidades. Gradualmente, la sociedad organizará directamente el cálculo del trabajo sin necesidad de recurrir al valor y sus formas.
 
5) En el comunismo, las funciones de administración social irán perdiendo su carácter político, estatal, para convertirse en la administración directa de los asuntos de la sociedad en manos del pueblo. O sea, que la estructura del Estado socialista irá convirtiéndose en la administración autónoma comunista de la sociedad.
 
Al desaparecer la necesidad de órganos estatales de coerción y de instituciones de jurisdicción penal, no sólo se mantendrán en pie sino que se desarrollarán todavía más las funciones de la dirección planificada de la economía, así como las funciones encaminadas a impulsar la ciencia y la técnica, las actividades educativo-culturales, etc.
 
Esta concepción de la futura sociedad comunista -desarrollada sobre todo en la URSS-, aunque basada en las tesis de Marx, Engels y Lenin, no todos los marxistas la aceptan plenamente. En todo caso, deberá ser actualizada en función de las experiencias positivas y negativas -incluidos errores, deformaciones, desviaciones, etc.-, de los períodos de dogmatismo y estancamiento que ha sufrido la sociedad soviética y de las correcciones que está introduciendo la política de perestroika.


 

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