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Desarrollo de la Guerra Civil Española

El general Francisco Franco, que desempeñaba la comandancia general de Canarias, se trasladó en un avión costeado por un millonario mallorquín desde Las Palmas hasta Marruecos. Allí se puso al frente del ejército de África, que era el cuerpo militar mejor preparado y entrenado de toda España y cuyos efectivos sumaban unos 50.000 hombres entre legionarios y mercenarios marroquíes. Durante los primeros días de la guerra, estas tropas lograron cruzar el Estrecho de Gibraltar en aviones alemanes e italianos para unirse a los sublevados en Andalucía, que estaban comandados por el general Gonzalo Queipo de Llano.

Primera fase (de 17 de Julio de 1936 a mediados de 1937):

El general Francisco Franco, que desempeñaba la comandancia general de Canarias, se trasladó en un avión costeado por un millonario mallorquín desde Las Palmas hasta Marruecos. Allí se puso al frente del ejército de África, que era el cuerpo militar mejor preparado y entrenado de toda España y cuyos efectivos sumaban unos 50.000 hombres entre legionarios y mercenarios marroquíes. Durante los primeros días de la guerra, estas tropas lograron cruzar el Estrecho de Gibraltar en aviones alemanes e italianos para unirse a los sublevados en Andalucía, que estaban comandados por el general Gonzalo Queipo de Llano.

Las fuerzas militares sublevadas avanzaron hacia Madrid desde el norte, con mayores dificultades y a las órdenes del general Emilio Mola, y desde el sur, pero fueron contenidas en los alrededores de la capital y en la Sierra de Guadarrama, donde se desplegaron 20.000 soldados republicanos. Esto supuso un importante revés para los insurrectos, que consideraban esencial la conquista de Madrid por razones políticas, económicas, diplomáticas, propagandísticas y simbólicas.

Los republicanos mantuvieron bajo control el 60% del territorio español, incluyendo los núcleos urbanos más poblados (Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, San Sebastián, Gijón) y las zonas más industrializadas del país. Por el contrario, las mejores y más extensas regiones ganaderas y productoras de trigo, patatas, legumbres y maíz fueron pronto ocupadas por los enemigos de la República. En el aspecto monetario, cada uno de los dos bandos emitió sus propios billetes y prohibió la circulación de las monedas del adversario. Además, durante las primeras semanas de combate ya se comprobó que el ejército rebelde superaba en organización, disciplina y suministros al ejército republicano, que estaba formado básicamente por improvisados batallones mixtos de soldados, guardias y voluntarios civiles. Bajo la autoridad del Gobierno republicano también permaneció la mayor parte de los buques de guerra y submarinos, pero esta flota carecía de mandos eficaces y fue desaprovechada.

En la retaguardia de ambos bandos se desencadenó, de forma más o menos incontrolada, una violenta persecución con el propósito de exterminar a todos los adversarios. Los sublevados fusilaron, especialmente durante el verano de 1936, a militantes de sindicatos y partidos del Frente Popular, alcaldes y dirigentes políticos republicanos y maestros de izquierdas, que muchas veces fueron descubiertos al ser delatados por sus mismos vecinos. También fueron ejecutados militares que se negaron a secundar el alzamiento. Las localidades donde la represión y las matanzas adquirieron mayores proporciones fueron Badajoz, Navarra, Sevilla, Córdoba y Granada. Los sublevados, que actuaron impulsados por un deseo de venganza y con el propósito de limpiar y poner orden, liquidaron a más de 70.000 personas, de las que un 10% eran mujeres. Una de las víctimas más conocidas fue el poeta García Lorca.

Por su parte, los milicianos republicanos más cercanos al comunismo y sindicalismo se lanzaron al asesinato de todos los odiados derechistas, clérigos empresarios, terratenientes, burgueses, monárquicos y católicos que encontraron. Con su exterminio se destruía a los enemigos sociales y se demostraba que la revolución estaba en marcha y era imparable. Entre los más de 50.000 civiles ejecutados en la zona republicana se encontraban los escritores Maeztu o Seca. La violencia fue terrible y el miedo se adueñó de los habitantes de Barcelona y Madrid, donde las víctimas eran sacadas de sus domicilios para ser paseadas, es decir, ejecutadas en descampados y arrojadas a una zanja. En ocasiones, los asesinos actuaron de manera más sistemática y organizada. Así sucedió en Noviembre de 1936 en Madrid, donde 2.000 prisioneros antirrepublicanos fueron extraídos de las cárceles, transportados en autobuses públicos hasta Paracuellos del Jarama y fusilados ante la inhibición de la Junta de Defensa, que había asumido las tareas de gobierno en la ciudad después del traslado a Valencia del presidente y los ministros de la República.



Segunda fase (de mediados de 1937 al verano de 1938):

Las tropas de Franco, que disponían de mejores abastecimientos de alimentos y armas, tomaron pronto la iniciativa y lograron conquistar toda la zona norte peninsular (Vizcaya, Santander y Asturias) en Octubre de 1937. De esta manera, el bando republicano perdió importantes recursos económicos y el ejército franquista pudo disponer de las valiosas factorías industriales bilbaínas.

Al mismo tiempo, fracasaron los tres intentos de ofensiva emprendidos por el ejército republicano en Brunete (Madrid), Belchite (Zaragoza) y Teruel, que dejaron cuantiosas pérdidas humanas y materiales.

Con el objetivo de quebrar la moral y la capacidad de resistencia del enemigo, la aviación franquista efectuó intensos bombardeos aéreos contra la población civil en Valencia, Madrid, Barcelona y también en la localidad vizcaína de Guernica, que quedó completamente destruida por el ataque de los aviones alemanes de la Legión Cóndor.

Fase final (de Julio de 1938 a Abril de 1939):

En Julio de 1938, el general republicano Vicente Rojo planeó una audaz ofensiva en la zona del Ebro con el objetivo de forzar una retirada del ejército franquista y reducir así la presión enemiga sobre Valencia y Cataluña. El mando de las tropas republicanas, con 80.000 soldados y más de 350 piezas de artillería, fue encomendado al joven coronel comunista Juan Modesto. Por su parte, el ejército franquista empleó en el contraataque 200 aviones y cerca de 500 cañones. En medio del intenso calor veraniego, los combatientes pelearon en las proximidades del río Ebro durante casi 4 meses. En esta batalla murieron 6.500 soldados franquistas y los republicanos perdieron unos 20.000 efectivos.

Finalmente, la totalidad de Aragón y también Castellón fueron ocupados por el ejército de Franco, de forma que Cataluña quedó aislada, y la zona bajo control republicano, cortada en dos. Sin duda alguna, el fracaso de la acción ofensiva en el frente del Ebro durante el verano de 1938 dejó a la República prácticamente derrotada. Además, se acentuaron las diferencias internas entre los partidarios de la resistencia a ultranza, con el presidente Juan Negrín a la cabeza, y aquellos que se mostraban favorables a intentar una negociación de paz, aunque esta posibilidad fue rechazada categóricamente por Franco.

En Diciembre de 1938, las unidades militares antirrepublicanas penetraron en Cataluña y un mes más tarde ocuparon, sin encontrar resistencia, la ciudad de Barcelona, donde los soldados franquistas fueron recibidos como libertadores por la multitud que llenaba las calles.

En Febrero de 1939, las desmoralizadas tropas republicanas se rindieron en Menorca sin presentar combate y Madrid cayó el 28 de Marzo, al mismo tiempo que el ejército de Hitler consumaba la invasión de Checoslovaquia. La Guerra Civil española había terminado y, según el general Vicente Rojo, “Franco había vencido por nuestros errores”.

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