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Biografía de Rosalía de castro (1837 - 1885)

Inició su formación en la Sociedad Económica de Amigos del País y frecuentó el Liceo de la Juventud, donde estuvo en contacto con los intelectuales de la época. Se casó con el ‘galeguista’ Manuel Murguía en 1858 y comenzó a escribir sus primeros poemarios.

Rosalía de Castro envuelta en un mantón de pena negra, camina por las calles castellanas rezongando de su exilio. Desde hace años, vive en la nostalgia de sus paisajes brumosos. Despotrica de Castilla, le parece tosca y árida, y la acusa de maltratar a los campesinos gallegos que llegan a trabajar a estas tierras. Poeta de la sombra, siempre presente en su obra, con ella va dando forma al vacío de su origen «pecaminoso y poco noble», por el hecho de ser hija natural del sacerdote José Martínez Viojo y María Teresa de Castro.
 
Mujer de encrucijadas, cruceiro de caminos, también ella parte un día. Sus raíces pertenecen a la Galicia atávica de meigas y trasgos, pero su inteligencia la señala y la obliga a buscar en otros horizontes. Abre caminos, pelea sola, con los dientes apretados sonríe y escribe en gallego para recuperar los sonidos de sus antepasados.
 
Entre embarazos que afectan su salud, escribe versos que hablan de nostalgias no digeridas, soledades y desencuentros. Pertenece a esa casta de mujeres que se refugian en el silencio y el sufrimiento; eternas Penélopes que tejen redes con las que no pueden retener a los maridos ni a los hijos; «viudas de vivos» como las llama la escritora, hablando de los hombres que no pudieron sustraerse del llamado del mar, y las tierras áridas donde se comienzan a formar las grandes metrópolis.


Rosalía se instala en Castilla con su esposo, el historiador y crítico Manuel Murguía. Le escribe el prólogo de En las orillas del Sar (1884), en el que hace un retrato en sepia de su personalidad, mostrando a una mujer que se identifica con los humildes y les da la voz de la que aún carecen; a su vez también refleja a la mujer de alma apasionada, capaz de romper esquemas y avanzar sola por nuevos caminos.

Desde su exilio castellano, su carácter depresivo se agudiza y hace que viva aislada en un cosmos de embarazos fortuitos y enfermedades domésticas. Escribe Cantares gallegos (1863) en su lengua madre, como acercamiento a las olvidadas tradiciones de los «cancioneros medievales»; recuperando después de cuatro siglos por medio de esta lengua, el valor y el sentido de la pertenencia a la tierra.

Su lenguaje es el del habla rural de la zona, «Rosalía y sus contemporáneos no disponen de una tradición que dé prestigio a su intento de restauración, no disponen tampoco de diccionarios ni de gramática de esta lengua», escribe Losada Castro, «…en este sentido el esfuerzo de Rosalía y de sus predecesores resulta verdaderamente heroico» (1971: 18), continúa más tarde. Con Cantares gallegos, muestra el lado más festivo del sentir gallego: la vinculación del campesino con la tierra, sus costumbres ancestrales, romerías y saraos; el vivir cotidiano en una mirada dulce e irónica hacia el mundo en el que está enraizada.


En lo que pareciera un ritual de cortejo, compone el poema a San Antonio, el santo casamentero:

San Antonio Bendito,
Dadme un marido,
Aunque me mate
 
Aunque me desuelle.
Mi Santo San Antonio,
Dadme un marido,
Aunque el tamaño tenga
De un grano de maíz.
Dádmelo, mi Santo,
Aunque los pies tenga cojos
Mancos los brazos (1971: 54).

 
La mujer que le pide a San Antonio un marido, lo hace desde el convencimiento de lo que se sabe ancestralmente predestinado. Le anteceden generaciones de mujeres que acallaron el arrebato del enamoramiento, pero conservaron la esperanza de que ese contrato amoroso saliera bien en términos afectivos. Rosalía se toma la licencia, en estos versos, de burlarse jugando con los conceptos de que la mujer que se queda sola, sin un hombre a su lado, verá disminuido su valor como ser humano. Pero también, hay —en Cantares gallegos— la denuncia de la ausencia y el maltrato que reciben los hombres que parten hacia las tierras chatas, donde se cultiva el trigo para realizar los trabajos de la siega:

 

Fue a Castilla por pan,
Y jaramagos le dieron;
Hiel por bebida,
Penitas por alimento (ibídem: 78).

 
La autora se mimetiza a través de su poesía con el pueblo gallego, y este se reconoce en sus versos. Torrente Ballester considera a Rosalía la «primera poeta social que no se apoya en una ideología, sino en una experiencia» (1963:16). En 1880, después de doce años de haber publicado Cantares gallegos, sale a la luz Follas novas también en gallego, donde aparece su melancolía metafísica de tono diametralmente opuesto a Cantares gallegos.
 
Los trasiegos que la llevan por varias ciudades de Castilla, siguiendo a Manuel, agudizan su perenne tristeza; las enfermedades propias y las de los hijos la van apartando a lugares sombríos de su imaginación, donde confunde «sus propios pesares con los ajenos» (1880:94). En el prólogo que hace de Follas novas, se excusa de que sus versos no tengan las mismas resonancias que los anteriores: «pero las cosas tienen que ser como las hacen las circunstancias, y si yo no pude nunca huir de mi tristeza, mis versos menos» (ídem).
 
Se puede decir que hay en Rosalía, como en otras escritoras del siglo XIX, un discurso a «doble voz». Cuando hace referencia a la producción literaria, se asume con modestia y pide excusas por el hecho de levantar la voz para que sea oída. El prólogo de Cantares gallegos es explícito en este sentido: «gran atrevimiento es, sin duda, para un pobre ingenio como el que me tocó en suerte, dar a luz un libro, aunque páginas debían estar llenas de sol, de armonía…», y continúa después: «mis fuerzas cierto es que quedaron muy por debajo de lo que alcanzaron mis deseos, y por eso, comprendiendo cuanto pudiera hacer en esto un gran poeta, me duelo aún más de mi ineficiencia» (1863:31).
 
La modestia y el pudor de mostrar sentimientos; obedeciendo el impulso de los primeros años como ser y como escritora, se ve fuertemente contrastado con las obras posteriores: Follas novas y En las orillas del Sar, ya que  aparece una Rosalía despojada de convencionalismos, que habla desde «ella y para ella».

 

Yo no sé qué busco eternamente
En la tierra, en el aire y en el cielo;
Yo no sé lo que busco, pero es algo
Que perdí no sé cuándo y que no encuentro
Aun cuando sueñe que invisible habita
En todo cuanto toco y cuanto veo.
Felicidad no he de volver hallarte en
La tierra, en el aire ni en cielo,
¡Aun cuando sé que existes
Y no eres vano sueño! (1884:170)


 

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