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Biografía de Albert Einstein (1879 - 1955)

La vida de Albert Einstein ha despertando tanto interés entre doctos y profanos que posiblemente sea el individuo del que se conoce más al detalle, casi puede decirse que día a día, lo que hizo, por dónde anduvo, con quien se relacionó, sus gustos, a qué dedicaba el tiempo libre... prácticamente todo lo que aconteció en su vida, fructífera, intensa y azarosa. Tal es su fama que, con toda seguridad, preguntada cualquier persona por el nombre de un científico, éste sería el de Einstein, y ante retratos de científicos el primero en ser identificado sería él.

Sobre él escriben y hablan las gentes más diversas con intereses a veces contrapuestos: se le ha ensalzado como científico pero también se le ha acusado de plagiario y embaucador; se le ha mitificado como pacifista y defensor de los indefensos, frente a quienes lo han vituperado como “padre de la bomba atómica”; se le ha encumbrado como hombre recluido en un mundo privilegiado por la ciencia, a la vez que se le ha reprochado su constatada vocación de persona desatenta con la familia y amante infiel.

Sin embargo, el conocimiento de su obra no ha ido paralelo al de su vida, circunstancia que él siempre lamentó y que le llevó a verse “como una especie de rey Midas, pero con la diferencia de que a mi alrededor no se convierte todo en oro, sino en una especie de circo”. La soledad en que prefirió mantenerse; la incomprensión y el acoso que hubo de soportar desde ámbitos hostiles, políticos, sociales y académicos; la descarada manipulación de su nombre y su imagen para promocionar productos o abanderar causas de todo tipo, no consiguieron apartarlo de su más preciado refugio: la ciencia. Ciencia que practicó de forma muy personal, en cierto modo como un “outsider” de los procedimientos académicos, renunciando incluso a las formas habituales para progresar en el escalafón.


Infancia y adolescencia:

Albert Einstein nació el 14 de marzo de 1879, a las 11:30, en la ciudad suava de Ulm, en el sur de Alemania a orillas del Danubio, en el nº 135 de la Bahnhofstrasse, desaparecida en la II Guerra Mundial. Era el primer hijo del matrimonio judío Hermann Einstein y Pauline Koch. Al parecer, y según testimonio de su abuela materna, Tette Koch, nació demasiado gordo, con la cabeza hinchada y un poco deforme.

Con apenas un año, su familia se trasladó a Munich en busca de prosperidad para la industria electroquímica que el padre y el tío de Einstein, Jakob, explotaban desde hacía años. En aquella ciudad se había iniciado la trasformación masiva de la iluminación por gas a electricidad y pensaron que era buena ocasión para hacer fortuna.

En la escuela primaria recibió el pequeño Albert instrucción católica; la formación judaica exigida por el gobierno para los de su condición había de adquirirla en el entorno familiar, a pesar de que sus padres eran agnósticos. En aquellos primeros años, Einstein manifestó un desmesurado interés por la existencia de Dios, que llegó a preocupar a su gente. Pronto rebajó aquella pasión inicial, debido a su temprana inquietud por las lecturas científicas y filosóficas, aunque siempre le anduvo rondando la idea de Dios – “el Dios de Spinoza” – llegando a decir que sus aspiraciones científicas eran “conocer los pensamientos de Dios”.

Fracasado nuevamente el negocio familiar, se trasladaron a Italia, estableciendo una fábrica de material electroquímico en Pavía. Albert, con 15 años, hubo de quedarse en Munich para acabar los estudios secundarios y hacer el servicio militar. No cumplió ninguna de las dos cosas. Además de no soportar la rigidez escolar prusiana, quería evitar incorporarse al ejército, por lo que se fue a Italia con sus padres, con el consiguiente disgusto para ellos que veían peligrar el futuro de su hijo. No permanecería mucho tiempo en el hogar familiar, pero aquellos meses fueron de muy grato recuerdo para él. Como consecuencia de sus lecturas escribió su primer ensayo: Una investigación sobre el estado del éter en un campo magnético, anticipo de lo que años después lo encumbraría como un gran científico.


Los años suizos:

Acabada la bucólica estancia italiana decidió, de acuerdo con sus padres, ingresar en la prestigiosa Escuela Politécnica Federal (ETH) de Zurich para completar algunos estudios que le permitieran continuar con la industria familiar. Fracasó en el primer intento y se matricula en la escuela cantonal de Aarau para preparar el ingreso en la Politécnica. Durante ese tiempo vivió en casa del profesor de la escuela Jost Winteler. Hospedaje fructífero desde el punto de vista académico, pues consiguió la formación exigida para ser admitido en la ETH, y también en el terreno afectivo: se enamoró de María, la mayor de los Winteler, primera experiencia de su larga, diversa y convulsa trayectoria amorosa; su hermana Maja, acabó casándose con Paul Winteler; y Michele Besso, su amigo fraternal desde que se conocieran en 1896 hasta la muerte de ambos en 1955, se casó con Anna Winteler.

Ese mismo año, 1896, consigue la aceptación de su renuncia a la nacionalidad alemana, convirtiéndose en un “sin patria” hasta que en 1901 consigue la nacionalidad suiza y la exención del servicio militar por tener pies planos y varices. Año trascendental en su vida, pues es al fin admitido en la Politécnica, a la que mantuvo en su recuerdo como “un hermoso rincón del mundo”. Entre los compañeros tuvo a Marcel Grossmann – amigo para siempre – y Mileva Maric, que pronto se convertiría en su primera esposa. Hizo buena amistad con Conrad Habicht y Maurice Solovine, con quienes formó lo que ellos denominaron la “Academia Olympia”. Se reunían casi a diario, charlaban, comían, fumaban y leían a sus autores preferidos: Spinoza, Hume, Mach, Poincaré, Sófocles, Racine y Cervantes. Einstein mantuvo un grato recuerdo de aquella tertulia; así encabeza una carta a Solovine a pocos años de su muerte (3/4/1953): “A la inmortal academia Olympia”.

Los propósitos de Einstein no coincidían con los de su familia; él aspiraba a titularse como profesor de física y matemáticas. Tras su graduación en 1900, con altas calificaciones, pretendió una ayudantía en la Politécnica pero no fue admitido. Ese mismo año inicia sus publicaciones en Annalen der Physik, la revista de sus éxitos posteriores, con el artículo “Conclusiones sobre el fenómeno de la capilaridad”.

Intenta conseguir sin éxito ayudantías en otras universidades, pero sí obtiene puestos interinos en Institutos de Secundaria en diversas poblaciones suizas, hasta que ingresa el 23 de junio de 1902 en la Oficina de Patentes de Berna. Allí permanece siete fructíferos años, 16 durante los que sentó las bases de una nueva física. Ese mismo años muere su padre y al siguiente se casa con Mileva; ya había tenido una hija, Lieserl, de la que apenas se tienen noticias, dudándose incluso de que sobreviviera a una enfermedad tenida en sus primeros años. En Berna nació su hijo Hans Albert (1904 – 1973) y Eduard – “Tete”- en Zurích (1910 - 1965), donde Einstein ejerció como profesor asociado de física teórica en la Universidad.

 
Los años berlineses:

Tras el breve desempeño de una cátedra de física teórica en la Universidad de Praga, vuelve a Zurich porque es nombrado profesor asociado de su admirada Escuela Politécnica. En Praga se integró en la comunidad judía, percibiendo de primera mano los problemas de aquellas gentes, iniciándose entonces en la defensa de la causa sionista. Poco disfrutó de la estancia en la Politécnica; en 1913, Planck y Nernst lo visitaron en Zurich para proponerle una posición ventajosa en la Academia Prusiana de Ciencias: la dirección del inminente Kaiser Wilhelm Institute for Physics y la condición de profesor de la Universidad de Berlín sin obligaciones docentes. La oferta no podía ser más tentadora, sobre todo porque se veía liberado de la rigidez horaria de las clases que tanto detestaba, el sueldo era bueno, y además no tenía que ocuparse de clases numerosas.

Tras el fecundo año 1905, había iniciado la generalización de la teoría de la relatividad, restringida a sistemas inerciales, a sistemas no inerciales. Si bien en sus exitosos trabajos anteriores contó con los anticipos de Planck respecto a la teoría cuántica de la luz para explicar el efecto fotoeléctrico y la inspiración de los trabajos de Lorentz para la teoría especial de la relatividad, ahora se encontraba ante una situación completamente nueva y sin precedentes. En solitario, como en realidad fue toda su carrera, emprendió en 1907 las tentativas de lo que finalmente sería la teoría general de la relatividad, publicada en Annalen der Physik.

El intenso trabajo debilitó su salud; enferma del hígado y le diagnostican úlcera de estómago, padecimientos que ve aliviados gracias a los cuidados de su prima Elsa Loewentahl con quien se casó en 1919, tras el divorcio de Mileva. Ese mismo año se confirman sus predicciones sobre la desviación de la luz a su paso por un campo gravitatorio intenso. Se lo comunica jubiloso –“¡felices noticias hoy!” -a su madre, enferma en un sanatorio que murió al año siguiente en casa de Einstein, en Berlín. La noticia llega a las sociedades científicas, se comenta en las universidades y salta a la prensa internacional: Einstein se hace, muy a su pesar, irremediablemente famoso.

Pero ni la fama pública, ni sus contribuciones científicas, fueron óbice para ser perseguido y repudiado, incluso por algunos colegas, dada su condición de judío. Alineado con el sionismo, antimilitarista y, sobre todo, persona moralmente íntegra, no se doblegó al acoso del nazismo y antisemitismo instigado por el otrora cabo Adolf Hitler y sus secuaces que llegaron a poner precio a la cabeza de Einstein: 5000 dólares. Hastiado por la situación acaba abandonando Europa, para siempre. El 7 de octubre de 1933 embarca en Southhampton (Inglaterra) en el trasatlántico Westernland rumbo a Nueva York, en compañía de Elsa, su mujer, su secretaria Helen Dukas y el ayudante que tenía entonces, Walther Mayer. Días antes había pronunciado en el Royal Albert Hall de Londres un discurso sobre “Ciencia y Libertad” consiguiendo un millón de libras para ayuda de los refugiados alemanes, entre los que Einstein ya se contaba.

 
Los años en Princeton:


Einstein y sus acompañantes llegan a Nueva York el 17 de octubre de 1933. Paul Langevin (1872-1946) lamentaba aquel suceso con estas palabras: “El Papa de la Física se ha mudado de casa y EE.UU. se ha convertido en el centro mundial de las ciencias naturales”.

Fija su residencia en Mercet Street 112 en Princeton, cerca del Instituto de Estudios Avanzados fundado con la donación de cinco millones de dólares que Louis Bamberger y su hermana Felix Fuld, acaudalados financieros judíos, pusieron a disposición de Abraham Flexner, un conocido reformista del sistema educativo americano, para crear una institución de élite dedicada a la investigación y la enseñanza. Tras varias tentativas hechas en Europa, Flexner consiguió la aceptación de Einstein quien sugirió percibir un sueldo anual de 3000 dólares. Pero, para sorpresa suya y contento de Elsa, le fijaron el salario anual en 15000 dólares, le garantizaban una jubilación a los 65 años – entonces tenía 54- con un retiro de 7500 dólares. No cabe duda que la oferta era generosa y más no teniendo obligaciones docentes, salvo la atención esporádica de grupos reducidos de estudiantes.

Sin embargo, la estancia en Princeton no fue lo provechosa que él mismo, y los profesores del propio Instituto y de la Universidad, hubieran deseado. Philip Franck, buen conocedor de la vida y obra de Einstein, a quien sustituyó en la Universidad de Praga, y uno de sus biógrafos más fiable, achaca este decepcionante resultado a que uno de los rasgos característicos de Einstein fue “su absoluta independencia del ambiente que le rodeaba”. Einstein mismo reconoce el poco ascendiente conseguido en el Instituto cuando escribe (12/4/1949) a Born, a quien le había prometido una larga estancia en él: “Yo lo propuse, pero tengo poca influencia; me consideran petrificado porque con los años me he quedado sordo y ciego (en sentido figurado). No me importa mucho, ya que va bastante de acuerdo con mi temperamento”.

No obstante, su fama pública se acrecentó, era perseguido por periodistas y curiosos, los graduados querían trabajar con él y científicos de cualquier parte del mundo aprovechaban o provocaban sus estancias en Princeton con la intención de visitarlo. Era muy popular en la ajardinada zona en que vivía, el comerciante que le atendió en su primera compra –un helado y un peine, ¡quién lo diría! -hecha a su llegada al pueblo lo recordaba con satisfacción. Tanta era la correspondencia recibida que Helen Dukas se vio obligada a seleccionarla y en algunos casos a “almohadillarla” (suavizarla) cuando el contenido era poco grato. Su teléfono nunca figuró en la guía y las visitas eran cuidadosamente elegidas.

Ciudadano americano desde 1940, y a pesar de reconocer nobles cualidades para el pueblo americano, nunca se sintió como tal. Añoraba su vida en Suiza y recibía con agrado a quienes pudieran retrotraerle a aquellas tierras y a aquellos tiempos. Se cuenta que el último amor de Einstein, Johanna Fantova, lo era sobre todo por su condición centroeuropea.
En Princeton, aunque siguió ocupándose de su fallido intento por unificar gravitación y electromagnetismo, inspiró el futuro científico exitoso de quienes trabajaron con él, continuó perfeccionando sus teorías cosmológicas y contribuyó a clarificar los fundamentos de la mecánica cuántica, aun manteniendo su resistencia a aceptar el inevitable indeterminismo. De sus años en América el episodio más lamentable, aunque justificado según él ante la amenaza nazi, fue el protagonismo tenido en la decisión del gobierno americano en fabricar la bomba atómica, contribución que contrasta con su permanente campaña antibélica.

Murió el 18 de abril de 1955, a la 1:15 de la madrugada. Sus últimas palabras, ininteligibles para la enfermera que lo atendía, fueron en alemán, el idioma en que siempre se expresó de palabra y por escrito, aunque en caso de necesidad lo hiciera en francés que dominaba bien o en inglés que lo hablaba de una forma muy peculiar. Dejó dicho y así se cumplió que no quería funerales, que sus cenizas fueran esparcidas sin decir donde, y que en su casa no pusieran ninguna placa recordando que había vivido allí. Muchos años después, muertas ya Margot y Helen Dukas, el primer ocupante de la casa fue el físico Frank Wilczek, luego premio Nobel (2004).
 

Viajes, honores y distinciones:

A pesar de su independencia y aversión a los hábitos sociales, alcanzó un reconocimiento científico y público, inusual hasta entonces para un científico. Era requerido para participar en cualquier acontecimiento público de las más diversas índoles; su nombre y su imagen llegaron a cualquier rincón del mundo. Pero, sobre todo, hay que destacar que entre los científicos era respetado y sus opiniones escuchadas con atención. Su presencia en congresos y reuniones era esperada con inquietud y admiración como recuerda Bohr, su más contumaz oponente cuántico, a propósito de Congreso Solvay de 1927: “ En las reuniones Solvay, Einstein había sido desde el comienzo una de las figuras más prominentes, y varios de nosotros llegamos al Congreso ansiosos de conocer sus reacciones ante los últimos progresos (a la teoría cuántica, se refiere)”. En 1911 ya gozó Einstein del privilegio de contar entre la veintena de físicos convocados para el primer congreso Solvay que trató sobre “La teoría de la radiación y los cuanta”.

En 1909 recibe su primer doctorado honoris causa en la Universidad de Ginebra, al que le sucederían otros muchos, entre ellos el de Universidad Central de Madrid, y las universidades más prestigiosas de su tiempo, sobre todo a partir de 1919 que le sobrevino la popularidad a que va unido para siempre.

En 1921 visitó por primera vez Estados Unidos, en compañía del líder sionista Chaim Weizmann con el fin de recaudar fondos para la creación de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Otros lugares visitados fueron Japón, China, Sudamérica, Palestina, además de los frecuentes recorridos por países europeos. Los viajes tuvieron como finalidad difundir y debatir sus teorías científicas, acudir a actos y celebraciones ensalzados con su famosa presencia y apoyar la causa judía en su búsqueda de un territorio nacional. En 1952, a la muerte de Weizmann, le fue ofrecida la presidencia del Estado de Israel, que agradecido y respetuoso no aceptó alegando: “Sé algo sobre naturaleza, pero apenas nada sobre seres humanos”. De paso pidió al embajador de Israel en Estados Unidos, que le había trasmitido la propuesta, hiciera lo posible para que “los periodistas levanten el sitio a que tienen sometida mi casa”.

De entre los recorridos hechos por Einstein en la década de los años 20, la estancia en París del 28 de marzo al 10 de abril de 1922 fue singular. La teoría de la relatividad, que en todas partes fue su contribución científica más atractiva y provocadora, se difundió pronto en Francia, pero con la peculiaridad que gran parte de los científicos franceses no se consideraron concernidos por la teoría porque consideraban que sería algo pasajero, cuando no extravagante, ya que para ellos las leyes de la ciencia habían tocado techo y sólo faltaba un toque final para dejar armado definitivamente el edificio según la concepción comptiana de la ciencia. Paul Langevin (1872-1946), para reducir tamaña ignorancia, intentó llevar a Einstein al Colegio de Francia en 1914 con la desafortunada coincidencia del estallido de la Primera Guerra Mundial que frustró el intento.

La confirmación de la teoría general de la relatividad en 1919, hizo a Einstein famoso en todo el mundo, especialmente en Inglaterra; en cambio apenas hubo noticias de tan sobresaliente hallazgo en Francia, pero sí desencadenó enfrentamientos entre los científicos franceses propiciando la aparición de noticias y artículos en la prensa. Aprovechando el ambiente caldeado, Langevin consiguió llevar a Einstein a París, calentando aún más los ánimos como consecuencia del desarrollo y desenlace de la guerra que aumentó sobremanera las tensas relaciones entre Francia y Alemania. Para quienes veían con buenos ojos la presencia de Einstein en Francia, éste era presentado como un sabio suizo; para los reticentes, era simplemente un alemán cuya presencia podría herir “muy respetables sentimientos patrióticos”. De la complejidad de la teoría, del paradójico personaje que despertó “la adoración de un ídolo incomprensible para todos” y de la división entre los científicos que puso de manifiesto públicamente cómo la ciencia está sometida a revisiones y mudanzas, se hicieron eco la prensa, la Universidad, las instituciones científicas, las tertulias y las gentes de la calle, con el consiguiente debate que en opinión de los estudiosos del fenómeno fue “excepcional, pero efímero”.

Meses después de su paso por Francia, el 10/11/1922 le comunican durante su gira por Asia la concesión del premio Nobel correspondiente al año 1921 “por sus contribuciones a la Física Teórica y especialmente por su descubrimiento de la ley del efecto fotoeléctrico”; había sido candidato en ocho ocasiones más. Recogió el premio en su nombre el embajador alemán en Suecia. Einstein hizo la lectura correspondiente ante la Asamblea de Naturalistas Nórdicos en Gothenburg en julio de 1923 sobre “Ideas fundamentales y problemas de la teoría de la relatividad”, por la que él se consideraba más acreedor al premio. La dotación, 32500 dólares, se la hizo llegar a Mileva cumpliendo el acuerdo suscrito en las cláusulas del divorcio años ha seguro de que algún día le llegaría tan prestigioso galardón. Aquel dinero fue destinado a la compra de tres viviendas cuyas rentas permitieron a Mileva sobrevivir y sufragar los elevados gastos del tratamiento psiquiátrico de su hijo Eduard.

Durante los 22 años que vivió en Princeton, hasta su muerte en 1955, no viajó fuera de los Estados Unidos ni recibió distinciones dignas de mención. Una vida, al fin, tranquila como siempre deseó, entregado al estudio, la reivindicación de la paz mundial, la música y la navegación mientras sus fuerzas se lo permitieron. Uno más entre quienes habitaban aquellos contornos, admirado y querido por el vecindario para quienes siempre fue: el profesor.

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